El millonario que me salvó de mi esposo ocultaba el secreto más desgarrador
La tormenta en el jardín de los Aldama
El aire de la noche madrileña era inusualmente frío en los majestuosos jardines de la finca familiar. Catalina, vestida con un elegante vestido de seda turquesa que apenas lograba disimular sus seis meses de embarazo, respiraba con dificultad. A su lado, su esposo Miguel, impecable en su traje gris pizarra, no mostraba rastro de la caballerosidad que solía fingir ante la alta sociedad. Su rostro estaba desfigurado por una rabia ciega, alimentada por los celos y una ambición desmedida que lo había consumido en los últimos meses.
—¡No vas a burlarte de mí, Catalina! —rugió Miguel, tomándola con brutalidad del cabello y arrastrándola hacia el suelo de grava del patio—. ¡Ese niño no es mío y vas a renunciar a cada céntimo de la herencia de tu abuelo ahora mismo!

Catalina cayó de rodillas, sollozando y protegiendo desesperadamente su vientre con ambos brazos. La grava fría se clavaba en su piel, pero el dolor físico no era nada comparado con el terror de perder a su bebé. En ese momento, Stella, una de las invitadas de la gala vestida con un deslumbrante vestido dorado, irrumpió en el patio trasero. Al ver la escena, ahogó un grito de horror y corrió hacia ellos.
—¡Déjala en paz, Miguel! ¡Estás loco, vas a hacerle daño al bebé! —gritó Stella, intentando desesperadamente apartar las manos de Miguel del cabello de su amiga.
Sin embargo, la fuerza de Miguel era superior y empujó a Stella a un lado sin contemplaciones. Parecía que nadie podría detener la tragedia. Fue entonces cuando un hombre mayor, de porte aristocrático, cabello blanco perfectamente peinado hacia atrás y un imponente abrigo de paño gris carbón, cruzó los arcos de piedra a paso firme. Era Don Archibaldo, el respetado patriarca de la finca. Al presenciar la agresión, sus ojos se encendieron con una furia implacable. Sin pronunciar una sola palabra, se abalanzó sobre Miguel y, con un golpe certero y heroico, lo derribó sobre el suelo de piedra. Miguel quedó aturdido, gimiendo de dolor. Con una ternura infinita que contrastaba con su fuerza previa, Archibaldo se arrodilló junto a Catalina, ayudándola a levantarse y estrechándola en un cálido y protector abrazo que le devolvió el alma al cuerpo.
”Con una ternura infinita que contrastaba con su fuerza previa, Archibaldo se arrodilló junto a Catalina, ayudándola a levantarse y estrec…