Secretos de familia · Historia

El misterio de la cicatriz real que el rey creía enterrada para siempre

El misterio de la cicatriz real que el rey creía enterrada para siempre — Parte 1
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El rugido de la arena

El sol de mediodía caía implacable sobre la arena del gran coliseo de piedra, donde el calor hacía que el aire vibrara. En el centro del foso, vestido con túnicas de un azul real y bronce, se encontraba Lucius, el influyente consejero del reino. Con una sonrisa de superioridad y una voz que resonaba en cada rincón del graderío, proclamó el desafío que todos esperaban.

¡Quien mate a la bestia recibirá un kilo del oro del rey!

La multitud estalló en vítores sedientos de sangre. Para los nobles, era un entretenimiento de tarde; para los desterrados, era una sentencia de muerte disfrazada de oportunidad. Fue entonces cuando las pesadas rejas de hierro chirriaron al abrirse. Daniel, un joven de complexión delgada vestido con una desgastada camisa de lino cubierta de polvo, fue empujado sin piedad hacia el centro de la pista de tierra.

El misterio de la cicatriz real que el rey creía enterrada para siempre

Antes de que pudiera asimilar el peligro, un rugido ensordecedor sacudió los cimientos del coliseo. Una inmensa bestia de piel grisácea, similar a la piedra esculpida, cargó desde la penumbra de las jaulas, levantando una densa nube de polvo a su paso. Daniel, paralizado por el pánico, retrocedió unos pasos mientras el monstruo ganaba terreno.

En un acto desesperado de sofocación y miedo, el joven se llevó la mano al pecho y tiró con fuerza del cuello de su camisa, desgarrando la tela. Bajo el sol cegador, quedó expuesta una marca oscura y rugosa en su piel: una cicatriz irregular que parecía un rayo tallado en carne viva.

Desde el balcón real tallado en mármol, el rey Ricardo observaba con desgana. Sin embargo, al enfocar sus ojos en el cuello del muchacho, su respiración se detuvo de golpe. El anciano monarca, de barba plateada y corona de oro, se apoyó tembloroso en la barandilla de piedra, con el rostro completamente pálido.

Esa marca murió con mi hijo...

Las palabras del soberano apenas fueron un susurro ahogado por el clamor de la arena, pero su mirada revelaba un abismo de recuerdos y dolor que creía enterrados para siempre.

El anciano monarca, de barba plateada y corona de oro, se apoyó tembloroso en la barandilla de piedra, con el rostro completamente pálido…