El misterioso hombre que me salvó de mi propio padre aquella noche de tormenta
Anteriormente: Tobías huía desesperado bajo la lluvia cuando encontró refugio en una vieja cafetería de carretera. Allí, un hombre misterioso estaba a punto de cambiar su destino para siempre.
La deuda saldada
Los matones soltaron una carcajada despectiva, pero la risa se les congeló en la garganta cuando Leo sacó su teléfono móvil y marcó un número de marcado rápido. Al poner el altavoz, una voz ronca y sumamente respetada en el bajo mundo de la ciudad respondió de inmediato. Leo solo tuvo que pronunciar un nombre en clave y el número de placa de los hombres para que la situación diera un giro de ciento ochenta grados. Resultó que Leo, tras ser traicionado por Julián, había prosperado en el extranjero hasta convertirse en un hombre de inmenso poder e influencia, alguien a quien los jefes de aquellos cobradores temían profundamente.
El teléfono del matón principal sonó en ese mismo instante. Al contestar, su rostro se volvió pálido como el papel. Tras recibir una orden directa y fulminante de sus superiores, guardó el teléfono, miró a Leo con absoluto terror y, sin decir una sola palabra, dio media vuelta arrastrando a su compañero de regreso a la tormenta. Estaban libres.

Tobías rompió a llorar, esta vez de puro alivio. Leo se sentó de nuevo a su lado y le puso una mano firme pero cálida sobre el hombro. Le prometió que, a partir de esa noche, nunca más tendría que huir de nadie, y que juntos desmantelarían el imperio de mentiras de Julián para hacer justicia a la memoria de Leonor. Tobías entendió que el destino, de una manera extraña y casi poética, lo había guiado hasta esa cafetería no para salvarlo de una noche de lluvia, sino para devolverle la familia y la protección que tanto le habían arrebatado.
La verdadera justicia no siempre llega a través de los tribunales; a veces, el destino se encarga de cruzar los caminos correctos en el momento más oscuro para salvar a los inocentes.


