El misterioso protector que salvó a Tobías de su peor pesadilla en la carretera
Una noche de tormenta y desesperación
La lluvia golpeaba con furia los cristales del viejo café de carretera, un rincón olvidado en mitad de la nada donde el suelo de damero gastado y los asientos de terciopelo carmesí evocaban tiempos mejores. El ambiente estaba cargado de un frío azulado, apenas interrumpido por el zumbido de una máquina de café antigua. Allí estaba Leo, un hombre de cuarenta y ocho años, calvo y de mirada impenetrable, vistiendo una gastada chaqueta de cuero negro. Disfrutaba de su café en aparente calma, ajeno al temporal que azotaba la provincia de Toledo.
De repente, la puerta del local se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de viento húmedo y frío. Un joven de apenas veinte años, empapado de pies a cabeza y vistiendo una sudadera verde oliva, entró corriendo, con los ojos desorbitados por el pánico. Era Tobías. Su respiración era errática y las lágrimas se mezclaban con las gotas de lluvia que resbalaban por sus mejillas. Al ver a Leo, el muchacho no lo dudó; cruzó el local a trompicones y se deslicó en el reservado frente a él.

—Por favor. No dejes que se me lleve —suplicó Tobías, con la voz rota por el terror absoluto, mientras se aferraba al borde de la mesa de madera.
Leo no se inmutó. Su temple de antiguo inspector de policía seguía intacto. Con una parsimonia casi irreal, posó la taza de café sobre el plato. En ese preciso instante, unos potentes faros de coche iluminaron el ventanal a sus espaldas, proyectando sombras alargadas y amenazantes sobre las paredes del café. El peligro estaba allí fuera.
—Siéntate. Cuéntame qué ha pasado —ordenó Leo con una voz grave y serena, transmitiendo una autoridad que, por un segundo, logró calmar el temblor del muchacho.
”Cuéntame qué ha pasado —ordenó Leo con una voz grave y serena, transmitiendo una autoridad que, por un segundo, logró calmar el temblor d…