Segundas oportunidades · Ficción breve

El rescate de Lucía y el pacto de los motoristas en la carretera

El rescate de Lucía y el pacto de los motoristas en la carretera — Parte 2
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Anteriormente: Lucía apareció en un bar de carretera, temblando y en camisón. Cuando un grupo de temibles motoristas la vio, tomaron una decisión que cambiaría la vida de todos para siempre.

La sombra del pasado acecha

El desamparo de Lucía se transformó en pánico absoluto cuando el dueño del hostal, un hombre temeroso de los problemas, le exigió a gritos que abandonara el establecimiento si no tenía dinero para pagar. El frío de la noche castellana parecía filtrarse por sus huesos, pero el verdadero peligro no era la hipotermia. Segundos después de que los motoristas se marcharan, unos faros potentes barrieron el interior del café, anunciando la llegada de una furgoneta familiar que frenó en seco.

La puerta se abrió con violencia y tres hombres irrumpieron en el local. A la cabeza estaba Faustino, el tío de Lucía, un hombre de mirada cruel cuyo único objetivo era arrebatarle las tierras que sus padres le habían dejado en herencia.

El rescate de Lucía y el pacto de los motoristas en la carretera
—¡Te encontré, maldita desagradecida! —bramó Faustino, abalanzándose sobre ella—. ¡Vas a firmar la renuncia de la herencia ahora mismo o de aquí no sales viva!

El hombre la agarró del brazo con una fuerza brutal, tirando de ella hacia la salida mientras sus dos secuaces bloqueaban cualquier intento de auxilio del asustado camarero. Lucía luchó con todas sus fuerzas, pero Faustino, enfurecido, le arrebató el oso de peluche y lo arrojó al suelo, desgarrándole una de las costuras.

Justo cuando la desesperación parecía vencer a la joven, un rugido ensordecedor de motores hizo temblar los cimientos del hostal. Las luces de decenas de motocicletas rodearon el edificio, bloqueando la furgoneta de Faustino. La puerta se abrió de par en par y los cuatro motoristas regresaron, pero esta vez acompañados por una decena de miembros de su club.

—Suelta a la chica —ordenó Juan con una voz que sonó como el trueno.

Faustino, acorralado pero cegado por la codicia, sacó una navaja del bolsillo de su chaqueta.

—¡No os metáis en esto! ¡Es de mi familia! —amenazó con las manos temblorosas.

—amenazó con las manos temblorosas.