El secreto bajo la nieve de Soria que un padre arrepentido intentó ocultar
El frío abrazo de la traición
El viento invernal de la provincia de Soria soplaba con una saña casi humana, barriendo el páramo desolado y cubriendo de una fina capa de escarcha todo a su paso. En mitad de esa inmensidad vacía, donde solo destacaba una caja de madera rota, una joven pelirroja se aferraba desesperadamente a la vida. Era Celia. Vestida apenas con un cárdigan marrón deshilachado y roto, se arrastraba sobre sus manos y rodillas por el suelo áspero y congelado. Cada centímetro avanzado era una tortura física que le desgarraba la piel, pero el dolor del cuerpo no era nada comparado con el horror que atenazaba su pecho.
Celia se detuvo un instante, exhausta, y emitió un grito desgarrador que se perdió en la inmensidad del viento. Era un grito de agonía pura, de abandono y de terror absoluto. Había sido arrojada allí para morir, víctima de la codicia de aquellos que temían la verdad de su sangre. Justo cuando sus párpados comenzaban a pesarle debido al frío extremo, el rugido de un motor rompió el silencio de la estepa soriana. Un elegante sedán negro apareció en el horizonte, deteniéndose a pocos metros de ella.

De su interior descendió Arnaldo, un hombre de cabello canoso y elegante abrigo oscuro. Al ver la silueta de la joven tendida sobre la nieve, el hombre pareció perder toda su prestancia. Dio unos pasos tambaleantes y se desplomó de rodillas sobre la tierra helada. Un sollozo ronco y profundo escapó de su garganta, transformándose en un llanto de dolor y culpa indescriptibles. Arnaldo se cubrió el rostro con las manos, temblando bajo el viento gélido, incapaz de contener la devastación que le provocaba contemplar el resultado de sus propios errores del pasado.
—¡Perdóname, hija mía! ¡Por Dios, resiste! —excló Arnaldo entre lágrimas, mientras corría a envolverla en su abrigo.
”—excló Arnaldo entre lágrimas, mientras corría a envolverla en su abrigo.