Un niño asustado entra a un bar de moteros buscando el pasado de su padre
Anteriormente: Hugo, un niño de doce años, entra desesperado a un bar de carretera buscando a Jairo, un imponente motero. Al pronunciar el nombre de su padre, un oscuro secreto familiar sale a la luz.
Deudas del pasado
El estruendo de los cerrojos de hierro al cerrarse coincidió con el rugido de potentes motores que se detenían frente al bar. A través de las rendijas de las ventanas de madera, los moteros observaron cómo tres vehículos todoterreno de color negro azabache bloqueaban la salida. De uno de ellos descendió un hombre alto, vestido con un impecable traje oscuro que contrastaba drásticamente con la decadencia del desierto circundante. Era un cobrador de deudas de la mafia local, un tipo frío conocido como El pálido.
Jairo llevó a Hugo detrás de la barra, ordenándole que no se moviera bajo ninguna circunstancia. El bar, habitualmente ruidoso, se sumió en un silencio sepulcral. Los hombres de Jairo, curtidos en mil peleas, empuñaron barras de hierro y herramientas pesadas, listos para defender su territorio. Cuando el hombre de traje golpeó la puerta de madera con el pomo de su bastón, el sonido resonó como un disparo.

—¡Jairo! —gritó el hombre desde el exterior—. Sabemos que el chico está ahí dentro. Su padre nos debe algo que no se puede pagar con dinero. Entrégalo y nos iremos sin derramar una sola gota de sangre.
Jairo se acercó a la puerta, sintiendo el peso de la decisión que debía tomar. Juan Vega no había sido un traidor, como muchos en la banda creían. Hace diez años, Juan se había llevado un cargamento de diamantes robados no para enriquecerse, sino para salvar la vida de su hijo recién nacido, quien sufría una enfermedad terminal. Juan se había sacrificado, convirtiéndose en el blanco de los hombres más peligrosos del país para que su hijo pudiera vivir.
La moneda de oro que Jairo le había entregado a Hugo no era un simple amuleto; era el juramento de sangre que Jairo y Juan habían firmado en su juventud. Si uno de ellos presentaba esa moneda, el otro debía dar su vida por protegerlo.
—¡Juan Vega ya pagó su deuda con creces! —rugió Jairo a través de la madera—. ¡Y este chico está bajo mi protección! ¡Si queréis llevároslo, tendréis que pasar por encima de todos nosotros!
Afuera, el sonido de las armas al cargarse confirmó que la tregua había terminado. El asalto al bar era inminente, y Jairo sabía que sus hombres estaban en desventaja frente al armamento militar de los perseguidores.
”El asalto al bar era inminente, y Jairo sabía que sus hombres estaban en desventaja frente al armamento militar de los perseguidores.