El secreto de mi padre me llevó al club de moteros más peligroso
El refugio de los proscritos
La tormenta arreciaba con fuerza en la sierra de Madrid, pero el verdadero peligro para Iván no era el viento gélido que congelaba sus mejillas. Con apenas diez años, el pequeño corría sin aliento a través de la densa maleza del bosque, sintiendo cómo las ramas espinosas desgarraban su suéter gris. Detrás de él, el rugido de dos potentes todoterrenos y los gritos de hombres despiadados le pisaban los talones. Su madre le había ordenado que huyera y buscara un lugar del que su padre le había hablado antes de desaparecer: una vieja taberna de madera conocida como el refugio de los lobos.
Con las fuerzas al límite, Iván divisó la silueta del edificio rústico y empujó las pesadas puertas dobles de madera. Al entrar, el bullicio de risas y el tintineo de vasos cesaron de inmediato. El aire pesado, cargado de olor a tabaco, cuero y gasolina, pareció congelarse. Un grupo de moteros corpulentos y tatuados, con chalecos de cuero negro, detuvieron su partida de dardos para clavar sus miradas desconfiadas en el intruso de corta edad.

Temblando de miedo y con lágrimas surcando el barro de su rostro, Iván se dirigió directamente hacia el líder del grupo, un hombre imponente de cabeza rapada y mirada gélida llamado Dane, que sostenía un vaso de whisky.
Por favor, señor, ayúdeme. Mi padre dijo que, si alguna vez estaba en peligro, debía venir aquí. Me están persiguiendo. Por favor.
Dane lo observó con una severidad implacable, como si intentara descifrar un enigma en la mirada del pequeño. Finalmente, dio un paso adelante y su voz profunda resonó en toda la estancia:
¿Cómo se llama tu padre, chaval?
Iván tomó aire, reuniendo el último aliento de valentía que le quedaba, y pronunció el nombre que su madre le había hecho jurar que guardaría en secreto:
Juan Vega.
En ese instante, el vaso de cristal se resbaló de las manos de Dane, estrellándose contra el suelo y esparciendo fragmentos brillantes por doquier. ¡Eso es imposible!, exclamó el líder con una mezcla de incredulidad y dolor, mientras los demás moteros daban un paso atrás en absoluto estado de shock.
”¡Eso es imposible!, exclamó el líder con una mezcla de incredulidad y dolor, mientras los demás moteros daban un paso atrás en absoluto e…