El secreto de mi padre que me hizo enfrentar a una bestia en la arena
Anteriormente: Agustín arriesgó su vida entrando a la arena frente a un toro salvaje de media tonelada. Solo llevaba un pañuelo rojo y una promesa que su difunto padre le dejó antes de morir.
La traición de la codicia
Al escuchar las palabras de Agustín y ver el familiar pañuelo rojo, un milagro pareció ocurrir en la arena. Ranger detuvo su avance de golpe. Sus orejas se movieron y la tensión en sus enormes músculos comenzó a disiparse. El toro dio un paso lento, casi tímido, extendiendo su húmedo hocico para olfatear la tela que tantas veces había visto en manos de su antiguo amo. Las lágrimas rodaron por las mejillas de Agustín al ver que la bestia lo reconocía.
Sin embargo, la codicia no conoce de milagros. Al ver que su millonario trato corría peligro, el tío Carlos se enfureció. No podía permitir que un muchacho sentimental arruinara la venta que saldaría sus propias deudas de juego.

—¡Ese animal es mío por ley y se va a vender hoy mismo! —bramó Carlos, saltando al callejón de la plaza con una vara de metal en la mano.
Carlos comenzó a golpear los tubos de hierro de los corrales con violencia, provocando un ruido ensordecedor que resonó en todo el recinto. El pánico volvió a apoderarse de Ranger. El toro se encabritó, soltando un bufido salvaje y girando sobre sí mismo, confundido por el estruendo. Agustín intentó calmarlo, pero el ruido era ensordecedor.
—¡Detente, tío! ¡Lo vas a asustar más! —gritó Agustín, tratando de proteger al animal con su propio cuerpo.
Pero Carlos no escuchaba. Movido por la rabia, abrió la puerta del callejón y entró a la arena armado con una soga y la vara, dispuesto a someter a Ranger por la fuerza. Los compradores, horrorizados por la evidente falta de control y la crueldad de la situación, comenzaron a retirarse hacia sus vehículos. Carlos, al ver que perdía su dinero, se abalanzó sobre Agustín para apartarlo a golpes, desatando la furia contenida del noble animal.
”Carlos, al ver que perdía su dinero, se abalanzó sobre Agustín para apartarlo a golpes, desatando la furia contenida del noble animal.