El secreto del parche de lobo: la verdad oculta tras mi supuesta familia
Anteriormente: Claudia huye de un hombre que afirma ser su padre. Al entrar en una cafetería de carretera, ve a un motero con un parche de lobo y recuerda la advertencia que su madre le hizo antes de morir.
Al escuchar el nombre de Rosa, los ojos del motero, cuyo nombre era Silas, se llenaron de una intensidad feroz. Aquel nombre despertó recuerdos enterrados durante casi dos décadas. Rosa había sido el amor de su vida, la mujer a la que se vio obligado a abandonar para protegerla de los peligros de su antigua banda de moteros, los Lobos de Castilla. Ver a esta joven frente a él, con los mismos ojos verdes de Rosa, disipó cualquier duda: Claudia era su propia hija.
El enfrentamiento en la cafetería
Esteban, al notar el cambio de actitud en el motero, dio un paso atrás y metió la mano derecha en el bolsillo de su chaqueta de lona. La tensión en la pequeña cafetería se volvió insoportable. El camarero, presintiendo el peligro, se agachó detrás de la barra de metal.

—No sé quién eres, amigo, pero te sugiero que te metas en tus asuntos. Esa chica viene conmigo por las buenas o por las malas —amenazó Esteban, dejando ver la culata de una pistola oculta.
Silas se levantó lentamente de la cabina turquesa. Su imponente estatura obligó a Esteban a levantar la barbilla para sostenerle la mirada. A pesar del arma, Silas no mostró el más mínimo rastro de miedo.
—Conozco a los de tu clase, rastrero. Eres un cobrador de deudas de la vieja escuela de Madrid. Pero te has equivocado de carretera y de presa. Ella está bajo mi protección ahora —declaró Silas con voz firme.
Claudia se encogió detrás del enorme cuerpo de Silas, aferrándose al cuero desgastado de su chaleco. Su mente daba vueltas. ¿Este motero era el hombre del que su madre siempre hablaba con tanta nostalgia y dolor? ¿Su verdadero padre?
Esteban, dándose cuenta de que no podría intimidar a Silas fácilmente, retrocedió hacia la salida lateral de la cafetería, manteniendo el arma apuntada hacia ellos. Con una sonrisa maliciosa, sacó un teléfono móvil con la otra mano.
—Esto no ha terminado, Silas. Los jefes ya saben que está aquí. No podréis escapar de esta provincia con vida —advirtió Esteban antes de salir corriendo hacia el aparcamiento.
”No podréis escapar de esta provincia con vida —advirtió Esteban antes de salir corriendo hacia el aparcamiento.