El secreto oculto en el relicario de mi madre que mi tío intentó destruir
Una bofetada en la penumbra
La cocina de la casa de mi tío Manuel era un reflejo exacto de mi propia alma: fría, desgastada y sumida en el abandono. Los azulejos de linóleo bajo mis pies estaban agrietados, y un aire helado soplaba a través de la grumosa ventana sobre el fregadero. Allí estaba yo, Lucía, con apenas veinte años y un hambre que me devoraba las entrañas desde hacía dos días. Mi suéter gris desgastado apenas me cubría del frío, y mis manos temblaban de debilidad mientras contemplaba el único frasco de pepinillos sobre la mesa, que llevaba una nota de advertencia escrita en tinta roja por mi tío.
No pude contenerme más. El hambre venció a mi miedo. Con dedos vacilantes, retiré la tapa del frasco. Pero antes de que pudiera llevarme algo a la boca, la puerta se abrió de golpe. Manuel entró con su barba canosa y sus ojos cansados, llenos de una rabia contenida que descargaba contra mí en cada oportunidad.

—¡Fuera de aquí, niña! —gritó con desprecio, levantando las manos en un gesto defensivo pero amenazante.
—Tengo tanta hambre... —susurré, con la voz quebrada por la humillación.
Él dio un paso hacia mí, con una expresión exasperada, como si mi dolor fuera una molestia para su existencia. Fue entonces cuando algo dentro de mí se rompió. Años de abuso, hambre y desprecio estallaron en un solo segundo. Me abalancé hacia adelante y mi mano impactó con toda mi fuerza en su mejilla. El golpe seco resonó en la cocina mientras él tropezaba hacia atrás, cayendo sobre una vieja silla de madera que rechinó con fuerza contra el suelo.
Mientras él se sujetaba el rostro en estado de shock, me llevé la mano al cuello. Con un tirón desesperado, arranqué la fina cadena de plata que llevaba puesta.
—Gracias —dije con un hilo de voz, apretando el relicario contra mi pecho.
—Ese relicario... —balbuceó Manuel, palideciendo al ver la joya.
—Mamá lo conservó —respondí, dándome cuenta de que aquel objeto ocultaba algo que mi tío temía profundamente.
”—balbuceó Manuel, palideciendo al ver la joya.—Mamá lo conservó —respondí, dándome cuenta de que aquel objeto ocultaba algo que mi tío te…