El secreto del reloj de oro que destruyó a una familia de la alta sociedad
La intrusa de la gabardina
El majestuoso comedor de la mansión de los Aldama, en las afueras de Madrid, resplandecía bajo la luz dorada de las arañas de cristal de Bohemia. Los muros de roble centenario amortiguaban las risas educadas de la alta sociedad que se había reunido para celebrar el aniversario de la prestigiosa firma familiar. Entre vestidos de seda y esmóquines impecables, la presencia de Mía resultaba casi un sacrilegio. Con apenas diecinueve años y vistiendo una sencilla gabardina de color beige que goteaba ligeramente por la lluvia de la capital, la joven caminaba entre las mesas con paso vacilante pero decidido.
Su mirada buscaba desesperadamente a un solo hombre. Sin embargo, antes de que pudiera acercarse a la mesa principal, una figura elegante se interpuso en su camino. Olivia, la actual esposa del patriarca, lucía un espectacular vestido de lentejuelas azul zafiro que contrastaba con la frialdad de sus ojos oscuros. Al reconocer las facciones de la joven, el rostro de Olivia se tensó en una mueca de desprecio absoluto.

—Márchate, por favor —susurró Olivia con una voz gélida, cargada de una amenaza implícita que heló la sangre de la muchacha.
—¿Eh? —murmuró Mía, desconcertada por la hostilidad inmediata de una mujer a la que nunca había visto en persona. Con las manos temblorosas dentro de los bolsillos de su abrigo, la joven buscó el único objeto que le daba fuerzas para estar allí: un antiguo reloj de bolsillo de oro que había pertenecido a su madre.
Al sacar el reloj y presionar el resorte, la tapa de oro viejo se abrió con un chasquido que pareció detener el tiempo en el salón. A unos metros de distancia, sentado en la cabecera de la mesa, Arturo de los Aldama se congeló. El influyente empresario de cincuenta y dos años bajó la mirada hacia la solapa de su esmóquin gris oscuro, donde colgaba una cadena de oro completamente vacía. Sus dedos temblorosos acariciaron el metal huérfano antes de clavar sus ojos en el reloj de Mía.
—Imposible... —susurró Arturo, con la voz quebrada por la incredulidad y un dolor que creía enterrado hacía casi dos décadas.
”—susurró Arturo, con la voz quebrada por la incredulidad y un dolor que creía enterrado hacía casi dos décadas.