El secreto del tatuaje que hizo temblar al juez más poderoso de Madrid
El reencuentro en la galería de tiro
El aire del club de tiro privado en las afueras de Madrid era denso, impregnado del inconfundible olor a pólvora y metal frío. Elena se ajustó el guante táctico de cuero negro con una precisión casi quirúrgica. Su respiración era pausada, rítmica, la marca de alguien que había aprendido a controlar hasta el más mínimo latido de su corazón. Su cabello rubio estaba firmemente recogido en una coleta alta, dejando al descubierto una mirada de acero que no flaqueaba ante nada.
A pocos metros, un instructor de mediana edad la observaba con los brazos cruzados y una mueca de escepticismo en el rostro. Aquel lugar no era para aficionados; era el santuario de los tiradores más experimentados de la capital española.

—Esta no es una clase para principiantes, señorita —advirtió el hombre, con una voz cargada de condescendencia.
Elena no se molestó en responder. Su silencio fue más elocuente que cualquier réplica. Con un movimiento fluido, levantó el fusil de asalto ligero y lo encajó contra su hombro. En ese instante, la voz metálica del anunciador resonó a través de los altavoces del recinto, marcando el inicio del ejercicio:
—El desafío final empieza ahora.
Lo que siguió fue una exhibición de destreza pura. Elena disparó. El estruendo de los proyectiles llenó la sala mientras los casquillos vacíos golpeaban el suelo con un tintineo metálico. Cada disparo impactó en el centro absoluto de la diana a cincuenta metros de distancia, uno tras otro, sin un solo milímetro de desviación.
Desde la cabina VIP, protegida por un grueso cristal blindado, el juez Tomás Valenzuela observaba la escena con una copa de coñac en la mano. Su expresión de aburrimiento aristocrático se desvaneció al instante. Dejó la copa sobre la mesa, fascinado y perturbado por la letalidad de la desconocida.
Fue entonces cuando Elena bajó el arma. Con un gesto aparentemente casual, se subió la manga de su chaqueta deportiva gris para limpiarse el sudor de la frente. El movimiento expuso su muñeca derecha. Allí, perfectamente tatuada sobre la piel clara, destacaba una pequeña estrella negra de cinco puntas.
Al ver la marca, el rostro del juez Tomás se transfiguró por completo. La copa de cristal resbaló de sus dedos, haciéndose añicos contra el suelo de mármol. Sus labios temblaron mientras retrocedía un paso, murmurando con horror:
—Esa marca... No puede ser. Ella debería estar muerta.
”No puede ser. Ella debería estar muerta.