El secreto del viejo reloj que mi jefe reconoció en aquel desierto
El disparo en el desierto
El sol de justicia de Almería caía plomizo sobre el campo de tiro abandonado, un páramo de tierra agrietada y rastrojos donde solo una vieja torre de vigilancia de madera desafiaba al horizonte. Azucena se ajustó las mangas de su chaqueta safari de color blanco roto. A su lado, el joven Diego, vestido con su impecable mono de piloto, observaba con una mezcla de burla y escepticismo. Francisco, el imponente terrateniente de mirada severa y chaqueta de campo marrón, permanecía en silencio, evaluando cada movimiento de la mujer.
—No quiero que ese rifle te haga caer hacia atrás, hombre —dijo Diego con una risa condescendiente, cruzándose de brazos.
Azucena no se inmutó. Con una serenidad que desconcertó a los presentes, se sentó frente al banco de tiro y tomó el pesado rifle de cerrojo. Sus dedos, firmes a pesar de los años, deslizaron el cerrojo con un chasquido metálico rotundo que pareció congelar el viento. Apoyó la culata contra su hombro y acercó el ojo a la mira telescópica. El mundo exterior desapareció; solo existía la diana lejana que bailaba sutilmente por el efecto del calor.

—El viento dice la verdad si sabes escucharlo —susurró Azucena para sí misma, exhalando el aire de sus pulmones.
El estampido del disparo retumbó en las colinas desérticas, levantando una pequeña nube de polvo a su alrededor. A través de los prismáticos, Diego ahogó un grito de asombro. La bala había destrozado el centro exacto de la diana de papel. Francisco, asombrado, se quitó lentamente las gafas de sol, dejando al descubierto una mirada de profunda incredulidad. Sin embargo, cuando se acercó a Azucena para felicitarla, su atención se desvió hacia la muñeca de la mujer. Al disparar, la manga de la chaqueta se había retraído, revelando un antiguo reloj de pulsera con correa de cuero gastada. En el reverso de la esfera, un misterioso símbolo de un ancla estaba grabado con fuego.
—¿De dónde has sacado ese reloj? —exigió Francisco, agarrando la muñeca de Azucena con una fuerza inusitada—. No debería existir aquí.
”—exigió Francisco, agarrando la muñeca de Azucena con una fuerza inusitada—. No debería existir aquí.