El secreto del viejo reloj que mi jefe reconoció en aquel desierto
Anteriormente: Cuando Azucena mostró su asombrosa puntería en un campo de tiro de Almería, no imaginó que el reloj grabado en su muñeca desataría una tormenta de secretos familiares del pasado.
Secretos desenterrados
La tensión en el campo de tiro se volvió asfixiante. Azucena intentó soltarse del agarre de Francisco, pero el hombre parecía poseído por un terror antiguo y profundo. Diego dio un paso atrás, incómodo por la repentina violencia de su patrón. El viento del desierto soplaba con fuerza, arrastrando arena que golpeaba con saña la vieja torre de madera.
—Suéltame, Francisco. Me estás haciendo daño —siseó Azucena con voz gélida, sosteniendo la mirada del terrateniente.
—¡Te he hecho una pregunta! —rugió él, con los ojos inyectados en sangre—. Este reloj pertenecía al capitán del Mar de Plata, un barco que se hundió en las costas gallegas hace cuarenta años. Mi padre me juró que todos los tripulantes habían perecido. No puede estar en tus manos a menos que...

—A menos que mi padre fuera uno de los supervivientes —completó Azucena, liberándose finalmente de un tirón—. Mi padre, Mateo, sobrevivió a aquel naufragio provocado. Vivió toda su vida escondido bajo un nombre falso, temiendo que tu familia terminara el trabajo que empezó en el mar.
La revelación cayó como una bomba en medio del páramo. Francisco retrocedió, pálido como la cal. Diego miraba a uno y a otro, comprendiendo que acababa de convertirse en testigo de un crimen histórico. El reloj con el ancla grabada no era una simple joya familiar; era la prueba física de que la fortuna de la familia de Francisco se había construido sobre una terrible traición y el cobro fraudulento de un seguro millonario.
—Si Mateo sobrevivió... —murmuró Francisco, dándose cuenta de las implicaciones legales—. Entonces los documentos de propiedad de estas tierras que él firmó antes de desaparecer son nulos. Tú eres la dueña legítima de todo esto.
Francisco miró a su alrededor, percatándose de la absoluta soledad del desierto. Una chispa peligrosa y desesperada brilló en sus ojos mientras acariciaba la culata del rifle que aún descansaba sobre la mesa de tiro.
”Una chispa peligrosa y desesperada brilló en sus ojos mientras acariciaba la culata del rifle que aún descansaba sobre la mesa de tiro.