El secreto del viejo reloj que mi jefe reconoció en aquel desierto
Anteriormente: Cuando Azucena mostró su asombrosa puntería en un campo de tiro de Almería, no imaginó que el reloj grabado en su muñeca desataría una tormenta de secretos familiares del pasado.
La justicia del desierto
Antes de que Francisco pudiera abalanzarse sobre el arma, un sonido metálico lo detuvo en seco. Diego, que hasta ese momento había permanecido en un segundo plano, había sacado una pequeña pistola de su guantera y apuntaba directamente al pecho del terrateniente. Su rostro, habitualmente jovial, mostraba una determinación inquebrantable.
—Se acabó, Francisco —dijo Diego con voz firme—. No voy a ser cómplice de otro crimen. Llevo meses investigando las finanzas de tu familia. Mi abuelo también iba en ese barco. Sabía que algo turbio había pasado, y ahora tengo la confirmación que necesitaba.
Francisco, acorralado por el peso de su propio pasado y superado en número, dejó caer los hombros en señal de derrota. El imperio levantado sobre mentiras y traición comenzaba a desmoronarse bajo el sol implacable de Almería. Las autoridades no tardaron en llegar tras la llamada de Diego, quien ya había recopilado pruebas suficientes para reabrir el caso del Mar de Plata.

Semanas después, los tribunales restituyeron el honor y las tierras a las familias de las víctimas del naufragio. Azucena, de pie frente al mar de Galicia donde su padre casi pierde la vida, miró el viejo reloj de pulsera por última vez antes de guardarlo en su caja original. La justicia había tardado cuatro décadas, pero finalmente había encontrado su camino a través de la verdad grabada en el reverso de una esfera de acero.
Al final, la verdad es como el viento del desierto: tarde o temprano, termina desenterrando todo lo que el hombre intenta ocultar bajo la arena.


