Venganza · Ficción breve

El secreto en mi muñeca que hizo temblar al juez más poderoso de España

El secreto en mi muñeca que hizo temblar al juez más poderoso de España — Parte 2
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Anteriormente: Elena se enfrenta al hombre que destruyó a su familia en un campo de tiro. Un simple tatuaje bastó para que el juez Tomás comprendiera que su peor pesadilla había regresado.

El peso de los pecados pasados

Tomás de la Vega no tardó en exigir un encuentro privado con la misteriosa tiradora. Bajo el pretexto de una consulta oficial, la guio hasta una de las salas de reuniones VIP del club de tiro. Una vez que la puerta pesada de roble se cerró, el juez intentó recuperar su habitual postura de autoridad inquebrantable, aunque sus manos delataban un temblor sutil que no podía controlar.

—¿Quién eres tú y qué significa ese tatuaje? —preguntó Tomás, tratando de sonar amenazante—. Sé muy bien lo que representa esa estrella. Es la marca de la familia Alarcón. Pero Martín Alarcón murió en prisión hace diez años, y su familia desapareció de España.

Elena se quitó los guantes tácticos con una lentitud exasperante, colocándolos sobre la mesa de cristal. Miró fijamente al juez, con unos ojos oscuros que reflejaban una determinación inquebrantable.

El secreto en mi muñeca que hizo temblar al juez más poderoso de España
—Mi padre murió en una celda fría por un crimen que tú sabías perfectamente que no cometió, Tomás —respondió Elena con una voz helada—. Lo condenaste para salvar a tu propio hijo de la cárcel por aquel trágico accidente de coche. Pensaste que una familia humilde no tendría las herramientas para defenderse de tu inmenso poder.

El juez soltó una risa nerviosa, intentando desestimar sus palabras.

—No tienes pruebas de semejante locura. Soy un juez respetado del Tribunal Supremo. Puedo hacer que pases el resto de tus días en una celda antes de que caiga la noche.

Sin perder la compostura, Elena extrajo de su chaqueta un pequeño dispositivo de almacenamiento digital y lo colocó sobre la mesa.

—Aquí están las grabaciones originales de las llamadas telefónicas que hiciste al fiscal aquella noche, junto con las transferencias bancarias secretas que realizaste. No estoy aquí para negociar, Tomás. Estoy aquí para que confieses públicamente.

La desesperación se apoderó de Tomás. Sabía que si esa información salía a la luz, su carrera, su prestigio y su libertad desaparecerían en un instante. Con la respiración agitada, metió la mano lentamente en el bolsillo de su saco, buscando su arma de servicio.

Con la respiración agitada, metió la mano lentamente en el bolsillo de su saco, buscando su arma de servicio.