El secreto familiar oculto en un reloj de brújula que cambió nuestras vidas para siempre
El eco del desierto
El sol de Almería caía sin piedad sobre el campo de tiro de Tabernas, un paraje árido donde el viento levantaba remolinos de polvo dorado. Marta, una mujer de setenta años con el cabello plateado recogido con firmeza y un chaleco de lona beige, permanecía inmóvil frente a la mesa de madera. Sus manos, aunque marcadas por el paso del tiempo, sostenían un pesado rifle de cerrojo con una precisión asombrosa. A su lado, Arturo, un hombre de mediana edad con una chaqueta marrón de trabajo, la observaba con una mezcla de escepticismo y condescendencia.
—No quiero que ese rifle la haga caer hacia atrás, señora —advirtió Arturo, cruzando los brazos con una sonrisa de suficiencia.
Marta no se inmutó. Ajustó la culata contra su hombro, respirando con parsimonia, ajena al calor sofocante. El silencio del desierto se apoderó del lugar, interrumpido solo por el silbido de la brisa entre los matorrales secos. Concentrada en la mira telescópica, Marta sintió la corriente de aire y susurró unas palabras cargadas de misterio.

—El viento dice la verdad si sabes escucharlo —murmuró para sí misma.
Un milisegundo después, apretó el gatillo. El estruendo del disparo reverberó en las colinas de piedra caliza. A lo lejos, justo en el centro exacto de la diana, apareció un agujero perfecto. Arturo dio un paso adelante, con la boca abierta, incapaz de asimilar la puntería de aquella anciana. Sin embargo, cuando Marta bajó el arma para recargar, la manga de su chaleco se deslizó hacia atrás, revelando un antiguo reloj de pulsera de bronce con una brújula integrada en la tapa.
El color desapareció del rostro de Arturo al instante. Sus ojos se fijaron en la reliquia desgastada con una intensidad casi terrorífica. Dio un paso brusco hacia ella, señalando la muñeca de Marta con un dedo tembloroso.
—¿De dónde has sacado ese reloj? —exigió saber Arturo, con la voz quebrada por la incredulidad—. Eso no debería existir aquí.
”—exigió saber Arturo, con la voz quebrada por la incredulidad—. Eso no debería existir aquí.