Secretos de familia · Ficción breve

El secreto oculto en el piano que destruyó a una poderosa familia española

El secreto oculto en el piano que destruyó a una poderosa familia española — Parte 1
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El desafío en el salón de baile

La fastuosa mansión de la familia Aldama, ubicada en el corazón de Madrid, resplandecía bajo la luz de una imponente lámpara de cristal de Bohemia. Los invitados, ataviados con sus mejores galas de etiqueta, conversaban en voz baja mientras sostenían copas de champán. En medio de aquella atmósfera de opulencia, un piano de cola de un brillo impecable esperaba silencioso. Era el centro de atención de la noche, el símbolo del prestigio musical de Arturo Aldama, el célebre compositor y patriarca de la dinastía.

De repente, el murmullo de la alta sociedad fue interrumpido por pasos decididos. Una joven de apenas diecinueve años, vestida con un elegante pero sencillo traje verde esmeralda, se abrió paso entre la multitud. Su nombre era Lucía. Su mirada, cargada de una determinación de acero, contrastaba con la timidez habitual de los jóvenes de su edad. Al llegar frente al instrumento, pronunció unas palabras que congelaron el ambiente:

El secreto oculto en el piano que destruyó a una poderosa familia española
Puedo hacerlo mejor que cualquiera de los que están aquí.

A su lado, Helena, una joven de veinticinco años vestida con el uniforme gris de las sirvientas de la casa, palideció al instante. Helena, que trabajaba sin descanso para sostener a su hermana pequeña, intentó detenerla tomándola del brazo con manos temblorosas.

Lucía, por favor, vámonos. No hagas esto —susurró con urgencia, temiendo perder el único empleo que las mantenía a flote.

Sin embargo, la escena ya había captado la atención del anfitrión. Arturo Aldama, un hombre de cincuenta y ocho años de porte aristocrático y esmoquin impecable, se acercó lentamente. Con un gesto de desdén y una sonrisa de superioridad, ordenó a los guardias que se retiraran.

No, deja que hable —dijo Arturo, divertido por la osadía de la joven.

Lucía no se amilanó. Clavó sus ojos en los del magnate y repitió con firmeza:

Sé tocar.

Arturo dio un paso más, cruzándose de brazos con escepticismo.

¿Acaso sabes qué tipo de música se interpreta en este lugar? —preguntó con ironía.

La joven no respondió con palabras. Se sentó frente al teclado, colocó sus manos sobre el marfil y el salón entero contuvo el aliento ante lo que estaba a punto de suceder.

Se sentó frente al teclado, colocó sus manos sobre el marfil y el salón entero contuvo el aliento ante lo que estaba a punto de suceder.