El anciano que humillaron en la cafetería guardaba un secreto que destruirá su imperio
Anteriormente: Tomás soportó la humillación de un arrogante motociclista sin inmutarse, pero una sola llamada telefónica bastó para cambiar el destino de toda la banda para siempre.
Mientras las risas de los motociclistas resonaban en las paredes de la cafetería, Tomás introdujo lentamente la mano en el bolsillo interior de su chaqueta. Sin prisa, extrajo un teléfono inteligente de color negro y marcó un número de marcado rápido que no había tocado en más de una década. Se llevó el aparato al oído, manteniendo sus ojos fijos en la espalda de Hugo, quien caminaba triunfante hacia la salida.
El despertar de los gigantes
La llamada se conectó de inmediato. Al otro lado de la línea, una voz firme esperó las órdenes. Tomás solo tuvo que pronunciar unas pocas palabras para activar un mecanismo que había permanecido dormido durante años:

—El momento ha llegado, traigan el castigo. Corten las alas de los cuervos.
Hugo se detuvo a mitad del pasillo. Un repentino escalofrío pareció recorrer su espalda. Se giró lentamente, con una mueca de desconcierto que intentaba ocultar una creciente incomodidad. Fue entonces cuando el suelo de la cafetería comenzó a temblar. No era un sismo natural, sino la vibración coordinada de decenas de motores pesados que se aproximaban por la carretera secundaria. El rugido era tan ensordecedor que las ventanas de la cafetería comenzaron a vibrar peligrosamente.
Segundos después, el estacionamiento se llenó de motocicletas oscuras, pero estas no llevaban el logotipo de los Averris. Eran los miembros de la Hermandad Dorada, el club original y más poderoso del estado, liderados por Alejandro, el hijo mayor de Tomás. La puerta de la cafetería se abrió de golpe y una marea de hombres corpulentos rodeó el establecimiento, bloqueando cualquier intento de escape. Hugo, acorralado y superado en número, sintió cómo el control de la situación se le escapaba de las manos en un abrir y cerrar de ojos.
”Hugo, acorralado y superado en número, sintió cómo el control de la situación se le escapaba de las manos en un abrir y cerrar de ojos.