Ella intentó destruirme en prisión, pero descubrimos una verdad que lo cambió todo
El patio de los lamentos
El sol del mediodía caía como un castigo de plomo sobre el patio de la prisión de Soto del Real. El aire estaba saturado de polvo y del olor a metal recalentado de las altas vallas perimetrales. Para Sara, de veintisiete años, ese rincón polvoriento era el único lugar donde su mente lograba escapar del encierro. Con sus largas trenzas oscuras balanceándose al compás de sus movimientos, golpeaba con furia un desgastado saco de boxeo que colgaba de una estructura de hierro oxidado. Cada impacto resonaba en el patio como un disparo seco.
De repente, el murmullo habitual de los reclusos se extinguió. Una sombra imponente se proyectó sobre la arena. Begoña, una mujer de cuarenta y un años con una constitución robusta y el cabello rubio recogido de forma descuidada, se interpuso entre Sara y su entrenamiento. Sus puños estaban apretados, y en sus ojos se reflejaba una hostilidad acumulada durante meses de silenciosa rivalidad.

—¡A ver cuántos golpes aguantas! —bramó Begoña, lanzándose hacia adelante con un rugido de rabia.
El ataque fue brutal y directo, pero Sara poseía unos reflejos forjados en la supervivencia diaria. Con un movimiento felino, esquivó el puñetazo que buscaba destrozarle el rostro. Aprovechando el impulso de su oponente, Sara se adentró en su guardia y le propinó un rodillazo devastador en el plexo solar, seguido de una combinación fulminante de golpes que impactaron con precisión quirúrgica en el rostro de la agresora.
Begoña se desplomó sobre la tierra seca, levantando una densa cortina de polvo mientras jadeaba por aire. El silencio en el patio era absoluto. Sara, sin pronunciar una sola palabra y con una frialdad asombrosa, se limitó a sacudirse el polvo de las manos, dio media vuelta y continuó golpeando el saco de boxeo, ignorando por completo a la mujer que yacía a sus pies derrotada.
”Sara, sin pronunciar una sola palabra y con una frialdad asombrosa, se limitó a sacudirse el polvo de las manos, dio media vuelta y conti…