Ella intentó destruirme en prisión, pero descubrimos una verdad que lo cambió todo
Anteriormente: Sara pensó que su vida en prisión no podía empeorar, hasta que Begoña la atacó en el patio. Lo que ninguna imaginaba era que compartían un enemigo común.
La última jugada
Desde el altavoz del teléfono, la voz de Julián resonaba con una fría soberbia, detallando cómo el furgón sufriría un accidente fatal en la carretera de la sierra. El director de la prisión sonreía con codicia. Lo que ninguno de los dos hombres sabía era que Sara y Begoña habían previsto esa traición. El contacto exterior de Begoña no era un delincuente, sino un inspector de Asuntos Internos que llevaba meses investigando la corrupción de la cárcel.
Bajo la manga de su uniforme, Sara llevaba un pequeño micrófono oculto que transmitía en tiempo real cada palabra de Julián y el director directamente a las autoridades federales. La trampa que Julián había tendido para eliminarlas se convirtió en su propia sentencia de cárcel.

A la mañana siguiente, el furgón de traslado partió bajo la densa niebla de la sierra. Cuando un todoterreno negro intentó desviar el vehículo oficial para provocar el accidente planeado, varias patrullas de la Policía Nacional aparecieron de la nada, bloqueando el paso y arrestando a los sicarios de Julián en el acto. Simultáneamente, otra unidad policial entraba en el despacho del director de la prisión con una orden de arresto inmediata.
Dos meses después, las puertas de hierro de la prisión se abrieron para Sara, esta vez de forma definitiva. Su inocencia había sido demostrada gracias a las grabaciones y a los documentos que Begoña había logrado rescatar del archivo de Julián. En la salida del penal, Sara se detuvo a mirar a Begoña, quien aún debía cumplir un año de condena menor, pero ahora con la promesa de una reducción sustancial por su colaboración.
—Gracias por no rendirte, compañera —dijo Begoña con una sonrisa sincera y los ojos empañados.
—Nos salvamos mutuamente, Begoña. La verdadera libertad no está solo fuera de estos muros, sino en haber hecho justicia —respondió Sara, dándole un fuerte abrazo de despedida.
Al final, la fuerza que nació de una pelea desesperada bajo el sol del patio demostró que la justicia tarda, pero cuando llega de la mano de la lealtad, es capaz de derribar los muros más altos del mundo.


