Me encerraron por un crimen ajeno, pero en prisión aprendí a cobrarme cada deuda.
La bienvenida de Cruz del Sur
El frío de la prisión de Cruz del Sur no se parecía a ningún otro frío que Sara hubiera sentido jamás. Era una humedad densa que se filtraba a través de los muros de hormigón gris, impregnando el uniforme naranja que ahora vestía. Acusada injustamente de un desfalco que su propia hermana había planeado, Sara se encontraba recluida en un mundo donde la inocencia era una debilidad mortal. La celda 104 era un espacio asfixiante, con literas de metal oxidado y un olor rancio a desesperación.
Allí la esperaba Carla, una reclusa corpulenta de mirada gélida y cabello rubio desvaído sujeto con una pinza de plástico. Carla controlaba el pabellón con puño de hierro y no toleraba a las recién llegadas. Esa primera noche, cansada y con el alma rota por la traición familiar, Sara se subió a la litera superior buscando un momento de paz. Pero la paz era un lujo inexistente en aquel infierno.

Sin previo aviso, unas manos fuertes y rudas se aferraron a su pierna. Con un tirón violento, Carla arrastró a Sara fuera de la litera, haciéndola impactar dolorosamente contra el suelo de cemento. El golpe resonó en toda la celda, atrayendo la atención silenciosa de las demás reclusas que observaban desde las sombras.
—El suelo es tuyo, novata —dijo Carla con una sonrisa cruel, sentándose en la litera inferior como si fuera su trono.
Sara sintió el sabor metálico de la sangre en su boca. La rabia, contenida durante semanas de humillaciones judiciales, estalló en su pecho. Apoyando las palmas en el hormigón, se levantó lentamente, con los ojos encendidos en una furia fría.
—Gran error, zorra —escupió Sara, desafiando abiertamente la autoridad de la líder.
Carla rugió y se lanzó hacia adelante con un puñetazo directo. Pero Sara, que había entrenado defensa personal durante años, esquivó el ataque con rapidez. Con dos golpes precisos en las costillas, dejó a su oponente sin aire y, aprovechando su inercia, la estampó de cara contra el suelo. Arrodillándose sobre su espalda, le inmovilizó el brazo en una llave dolorosa.
—Disfruta del suelo —le susurró al oído antes de ponerse de pie ante el asombro silencioso de toda la celda.
”Arrodillándose sobre su espalda, le inmovilizó el brazo en una llave dolorosa.—Disfruta del suelo —le susurró al oído antes de ponerse de…