Me encerraron por un crimen ajeno, pero en prisión aprendí a cobrarme cada deuda.
Anteriormente: Cuando Sara ingresó en prisión por un delito que no cometió, pensó que lo peor sería el aislamiento. Sin embargo, la brutalidad de las reclusas y una traición familiar la obligaron a luchar por su vida.
La red de la traición
La victoria sobre Carla le otorgó a Sara una tregua temporal en el pabellón, pero el verdadero peligro no vestía de naranja. A la mañana siguiente, la jefa de las funcionarias la escoltó bajo custodia hasta las oficinas de administración, un lugar teóricamente neutral que pronto se revelaría como el escenario de una nueva emboscada.
Sentada cómodamente en un sillón, sosteniendo una taza de café humeante, se encontraba Laura, la hermana mayor de Sara. Su rostro reflejaba una absoluta falta de remordimiento, adornado con una sonrisa de fría superioridad. Junto a ella estaba don Julián, el abogado de la familia que supuestamente debía defender a Sara en el juicio, pero que en realidad había facilitado su condena.

—Vaya, hermanita, veo que has aprendido a defenderte —dijo Laura con tono burlón, mirando de reojo el labio partido de Sara—. Aunque me temo que tus esfuerzos dentro de estas paredes son inútiles.
Sara permaneció en silencio, con los puños apretados. Fue entonces cuando Laura se acercó y, asegurándose de que la funcionaria sobornada miraba hacia el patio exterior, le reveló la terrible verdad. Carla no la había atacado por casualidad; había sido contratada por la propia Laura a través de jugosas transferencias a una cuenta externa para quebrarle el espíritu desde el primer día.
—Tienes dos opciones, Sara —susurró Laura, deslizando un documento oficial sobre el escritorio—. Firmas este papel donde renuncias por completo a tu parte de la herencia de nuestra madre, o me aseguraré de que tu vida aquí dentro sea un infierno insoportable. Carla solo fue una advertencia. La próxima vez no saldrás caminando.
El abogado asintió con una falsa mueca de compasión, instándola a firmar por su propio bien. Sara miró el documento y luego a los ojos despiadados de su hermana. Firmar significaba quedarse en la absoluta miseria mientras cumplía una condena injusta, pero negarse significaba una guerra abierta dentro de una prisión donde no tenía aliados.
Sin embargo, la humillación de la noche anterior había despertado en Sara una fuerza que no sabía que poseía. En lugar de ceder al pánico, respiró hondo y tomó una decisión que cambiaría las reglas del juego.
”En lugar de ceder al pánico, respiró hondo y tomó una decisión que cambiaría las reglas del juego.