El guardia corrupto intentó destruirme en prisión, pero no esperaba mi contraataque.
Anteriormente: Sara pensó que su vida en prisión sería un infierno silencioso, hasta que un guardia corrupto y una reclusa la acorralaron en el patio, desatando una brutal confrontación que lo cambiaría todo.
La celda de castigo
El silencio de las celdas de aislamiento era espeso, casi físico. Tras la pelea en el patio, Sara había sido arrastrada por un pasillo subterráneo y arrojada a una celda de castigo sin ventanas. Sabía que las reglas de la prisión eran claras, pero también sabía que Molina operaba bajo sus propias leyes de terror. Las horas pasaron en una oscuridad absoluta, hasta que el sonido metálico de la cerradura anunció una visita que Sara ya esperaba.
La puerta se abrió, revelando la silueta de Molina iluminada por la tenue luz del pasillo. Tenía un vendaje en la nariz y una expresión de pura malicia en el rostro. Detrás de él, las cámaras de seguridad del pasillo estaban convenientemente apagadas.

—¿Pensaste que eras muy lista, verdad? —susurró Molina, cerrando la puerta tras de él—. Aquí abajo nadie puede oírte, Sara. Esta noche aprenderás a respetar la autoridad.
Sara se levantó lentamente de la litera de hormigón. A pesar del peligro inminente, no había rastro de miedo en sus ojos. Ella sabía algo que Molina ignoraba por completo: la carta que él tanto buscaba no estaba en su celda, sino en manos de una persona fuera de la prisión que estaba lista para enviarla directamente al Ministerio de Justicia.
—Si me pasa algo esta noche, Molina, esa carta se publicará en todos los medios de comunicación del país —dijo Sara con voz firme—. Tus negocios con el narcotráfico dentro de esta cárcel saldrán a la luz, y no habrá rincón donde puedas esconderte.
El guardia se detuvo en seco, con la mano levantada para golpearla. La mención del Ministerio de Justicia hizo que su confianza se desmoronara por un instante. Sin embargo, Molina recuperó rápidamente la postura, soltando una carcajada nerviosa que no lograba ocultar su repentino temor. La tensión en la pequeña celda era asfixiante, un juego de ajedrez donde el más mínimo error significaría la destrucción absoluta para cualquiera de los dos.
”La tensión en la pequeña celda era asfixiante, un juego de ajedrez donde el más mínimo error significaría la destrucción absoluta para cu…