La guardiana del patio que arriesgó su libertad por salvar a una anciana traicionada
Una chispa en el desierto de hormigón
El patio de la prisión de Soto del Real siempre olía a polvo, sudor y desesperación. Aquel mediodía, el sol caía como un mazo de plomo sobre las reclusas que intentaban matar el tiempo caminando en círculos concéntricos. Margarita, una mujer de cabellos plateados cuya elegancia natural ni siquiera el tosco chándal gris de la prisión lograba ocultar, se encontraba sentada en un banco de piedra. Sus manos, marcadas por el paso de los años, sostenían con delicadeza una carta arrugada. A pocos metros, Sara, una joven de mirada felina y brazos cubiertos de tatuajes que narraban una vida de batallas callejeras, la vigilaba con discreción. Se había jurado a sí misma que nadie tocaría a la anciana.
La paz, sin embargo, era un lujo inexistente en aquel lugar. De repente, un balón de fútbol cruzó el aire a gran velocidad, desviado con una trayectoria sospechosamente precisa. El impacto fue seco. La pelota golpeó la espalda de Margarita, quien cayó al suelo de hormigón con un gemido de dolor. Sara reaccionó en una fracción de segundo. Se deslizó a su lado, arrodillándose para socorrerla.

—¿Estás bien, Margarita? No te muevas —susurró Sara, examinándola rápidamente.
Antes de que la anciana pudiera responder, una sombra se proyectó sobre ellas. Era Begoña, una de las reclusas más temidas, escoltada por su habitual corte de seguidoras.
—La pelota ha dado justo donde debía, ¿verdad? —siseó Begoña con una sonrisa gélida—. Se acabó para ti.
Begoña se lanzó al ataque con brutalidad, pero Sara estaba lista. Con un movimiento fluido y entrenado en los peores callejones, bloqueó el golpe de Begoña. En ese instante, Carla, una reclusa enorme y rubia, cargó como un toro hacia ella. Sara no vaciló: pivotó con agilidad, esquivó la embestida y conectó un rodillazo fulminante en el abdomen de Carla, seguido de un revés de puño que la mandó directa al suelo. Con la amenaza neutralizada temporalmente, Sara se volvió hacia Margarita, ofreciéndole su mano con una ternura infinita.
”Con la amenaza neutralizada temporalmente, Sara se volvió hacia Margarita, ofreciéndole su mano con una ternura infinita.