Traición · Historia

Mi propia hermana me encerró en prisión, pero el destino nos reunió tras las rejas

Mi propia hermana me encerró en prisión, pero el destino nos reunió tras las rejas — Parte 2
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Anteriormente: Sara pensó que lo había perdido todo cuando fue traicionada y enviada a prisión. Sin embargo, no esperaba que el verdadero enemigo cruzara las mismas puertas de la cárcel para enfrentarla.

Una trampa en las sombras

La humillación de Dolores no era solo una victoria física para Sara; era un golpe directo al orgullo de quien había orquestado todo desde las sombras. Al fondo del pasillo que conectaba con las celdas, Laura observaba la escena con los puños apretados. Su plan de utilizar a la reclusa más peligrosa para silenciar a su hermana antes de que se revisara su caso penal había fracasado estrepitosamente.

Laura, consumida por la desesperación de saber que la apelación de Sara estaba en marcha y podría dejarla en la calle muy pronto, decidió jugar su última carta. Con paso rápido, se acercó al oficial Martín, un guardia conocido en todo el penal por su falta de escrúpulos y su debilidad por los sobornos. Tras un breve intercambio de palabras y un discreto movimiento de manos, el oficial asintió con una sonrisa cómplice.

Mi propia hermana me encerró en prisión, pero el destino nos reunió tras las rejas
—Tienes que acabar con ella hoy mismo, Martín. Si esa apelación prospera, yo misma me encargaré de arrastrarte conmigo al fondo del pozo —susurró Laura con veneno en la voz.

Minutos después, Martín, acompañado por tres guardias de seguridad, irrumpió en el patio interrumpiendo el tenso silencio que había dejado la pelea. Se dirigió directamente hacia Sara, quien aún intentaba recuperar el ritmo de su respiración tras el altercado físico.

El oficial la miró con desprecio y le ordenó que pusiera las manos contra la pared. Según él, una denuncia anónima indicaba que Sara guardaba un objeto punzante y sustancias prohibidas en su litera. Sara sintió cómo un frío glacial le recorría la columna vertebral. Sabía perfectamente que ella no tenía nada, pero en un lugar como ese, bastaba con que un guardia corrupto metiera la mano en el colchón para sellar el destino de una interna para siempre. El camino hacia la celda se sintió como una marcha hacia el patíbulo.

El camino hacia la celda se sintió como una marcha hacia el patíbulo.