Mi propia hermana me encerró para quedarse con todo, pero la prisión me hizo fuerte
Anteriormente: Sara fue traicionada por su propia sangre y condenada por un crimen que no cometió. Tras las rejas de Alcalá Meco, debe sobrevivir a los ataques mandados desde el exterior mientras planea su redención.
La sombra de la corrupción
La victoria en el patio resultó ser una condena silenciosa. Esa misma noche, cuando el silencio sepulcral de la prisión solo era interrumpido por los lamentos lejanos de otras celdas, la puerta de Sara se abrió de golpe. Dos guardias corpulentos y sin identificación la sacaron a rastras de su litera. No hubo explicaciones, solo un agarre firme que le lastimaba las muñecas mientras la conducían por pasillos oscuros hacia el sótano del edificio.
La arrojaron al suelo húmedo de las duchas comunes, donde una única bombilla parpadeaba con un zumbido molesto. Al levantar la vista, Sara sintió que el frío del suelo se le subía al pecho. Frente a ella, apoyado contra la pared de azulejos agrietados, se encontraba don Julián, el alcaide de la prisión, un hombre conocido por su frialdad y sus bolsillos profundos. A su lado, con una sonrisa de satisfacción que desfiguraba su rostro aún dolorido por la pelea del patio, estaba Begoña.

—Tu hermana Raquel es una mujer muy generosa, Sara —dijo el alcaide, sacando un sobre grueso del bolsillo de su uniforme—. Acaba de hacer una transferencia muy importante para asegurarse de que tu estancia aquí sea permanente. O mejor dicho, terminal.
El alcaide arrojó un documento mecanografiado sobre un banco de madera, junto a un bolígrafo. El papel detallaba la renuncia total y absoluta de Sara a la herencia familiar, declarando de forma fraudulenta que cedía todos sus derechos a su hermana melliza a cambio de una supuesta compensación económica que jamás recibiría.
—Firma esto ahora mismo —ordenó Julián, mientras Begoña daba un paso al frente, mostrando una navaja artesanal que brillaba bajo la luz mortecina—. Si firmas, puede que pases el resto de tu condena limpiando las letrinas, pero viva. Si te niegas, mañana los periódicos dirán que tuviste un trágico accidente en las duchas. Tú decides.
Sara miró el papel y luego a los ojos despiadados de sus verdugos. Sabía que firmar significaba perder toda esperanza de limpiar su nombre y de recuperar la vida que su propia sangre le había robado. Pero la muerte parecía la única alternativa real en ese rincón olvidado por Dios.
”Pero la muerte parecía la única alternativa real en ese rincón olvidado por Dios.