Venganza · Historia

Me humillaron en prisión para silenciarme, pero una aliada inesperada cambió las reglas

Me humillaron en prisión para silenciarme, pero una aliada inesperada cambió las reglas — Parte 2
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Anteriormente: Estela pensó que su vida en prisión terminaría en tragedia bajo el acoso de Begoña, hasta que un brutal enfrentamiento en el patio reveló una verdad oculta que lo cambiaría todo.

Secretos en la penumbra

El confinamiento solitario era un lugar frío, pero para Estela, la verdadera tensión comenzó cuando las luces principales se apagaron y solo quedó el zumbido de los generadores de emergencia. Desde la celda contigua, separada únicamente por una gruesa rejilla de ventilación a ras de suelo, la voz de María rompió el silencio con un susurro que helaba la sangre. No había sido un acto de heroísmo casual en el patio; todo obedecía a un plan minuciosamente trazado.

«No te equivoques, Estela. No arriesgué mi pellejo por simple simpatía», confesó María, con la respiración pausada. «Sé quién eres y sé perfectamente por qué te encerraron aquí. Ese político que te tendió la trampa para salvar su propio pellejo también es el responsable de la muerte de mi hermano menor, que trabajaba como su escolta. Quieren destruirte antes de que el juicio de apelación comience».

Me humillaron en prisión para silenciarme, pero una aliada inesperada cambió las reglas

Estela sintió un escalofrío. En el dobladillo de su neceser de aseo, guardado en la taquilla común, escondía un microchip con las pruebas digitales del desvío de fondos que incriminaban directamente al senador. María le reveló que Begoña no solo la acosaba por pura diversión, sino porque el alcaide corrupto de la prisión le había prometido el indulto inmediato si lograba arrebatarle ese dispositivo.

La noche avanzó bajo una tensa tregua, pero la tregua no duraría. Durante el traslado nocturno hacia las duchas comunes, un repentino apagón sumió el pasillo en una oscuridad absoluta. Las alarmas no sonaron, lo que confirmaba la complicidad interna. Estela sintió el impacto antes de poder reaccionar: unas manos rudas y fuertes la empotraron contra los azulejos fríos del baño húmedo. Era Begoña, cuyo rostro desfigurado por los golpes de la tarde lucía demoníaco bajo la escasa luz de la luna que se filtraba por el tragaluz. En su mano derecha, un estilete carcelario de metal afilado apuntaba directamente a la garganta de Estela.

«Se acabó el juego, contable. Dame el chip o te desangrarás aquí mismo antes de que tu salvadora se entere», siseó Begoña.

Dame el chip o te desangrarás aquí mismo antes de que tu salvadora se entere», siseó Begoña.