Humillaron a una anciana indefensa en prisión, pero no sabían quién era yo realmente
Anteriormente: Cuando la despiadada Begoña atacó a una anciana indefensa en el patio de la prisión, no imaginó que Elena desataría una tormenta que cambiaría el destino de todas tras las rejas.
El silencio que se apoderó del patio fue absoluto. Ninguna presa se atrevía a respirar mientras Elena se ponía de pie, limpiándose la mezcla de agua y barro de las rodillas. La sumisión había desaparecido de sus ojos, reemplazada por un brillo gélido que desconcertó incluso a la propia Begoña. Las alarmas del penal comenzaron a aullar a lo lejos, pero los guardias aún tardarían preciosos minutos en cruzar las esclusas de seguridad.
—Has cometido el peor error de tu miserable vida —dijo Elena con una voz tan baja y gélida que heló la sangre de los presentes.
Begoña, sintiendo que su liderazgo peligraba ante el público que la rodeaba, se abalanzó sobre ella con un rugido salvaje. Sin embargo, Elena no era la víctima indefensa que aparentaba. Antes de caer en desgracia y ser traicionada por su ex socio, Elena había entrenado durante años defensa personal. Esquivó el primer golpe de Begoña con una agilidad pasmosa y le propinó un puñetazo directo al mentón que la hizo tambalearse.

La pelea se volvió encarnizada. Begoña, enfurecida y sangrando por la boca, buscó desesperadamente en su bolsillo trasero y extrajo un pincho de metal afilado. Un grito de horror colectivo recorrió el patio.
—¡Te voy a rajar de arriba abajo! —gritó Begoña, lanzando una estocada directa al abdomen de Elena.
Elena logró esquivar el ataque por milímetros, pero el metal rasgó su camiseta gris. En un contraataque rápido, Elena bloqueó el brazo de Begoña, torciéndolo con una técnica impecable hasta que el arma cayó al suelo mojado con un tintineo metálico. Justo en ese instante, la jefa de servicios y cuatro guardias armados con defensas de goma irrumpieron en el patio, separándolas a la fuerza.
Mientras los guardias reducían a Begoña, esta escupió al suelo y gritó una revelación que dejó a Elena helada:
—¿Crees que estás aquí por casualidad, Elena? Tu querido socio pagó la mitad de mi fianza para que me asegurara de que nunca salieras viva de Cruz del Norte. ¡Tu muerte ya está pagada!
”Tu querido socio pagó la mitad de mi fianza para que me asegurara de que nunca salieras viva de Cruz del Norte. ¡Tu muerte ya está pagada!