Venganza · Ficción breve

Humillaron a una anciana indefensa en prisión sin saber con quién se metían

Humillaron a una anciana indefensa en prisión sin saber con quién se metían — Parte 2
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Anteriormente: Cuando Begoña atacó a la vulnerable Clara en el patio de la cárcel, despertó a la bestia. Elena no iba a permitir que la injusticia quedara impune tras los muros de hormigón.

La estrategia de las sombras

La confrontación física fue evitada en el último segundo por la llegada de los guardias, pero el destino de Elena ya estaba marcado. Acusada injustamente de provocar el altercado por los oficiales bajo la nómina de Begoña, Elena pasó tres días interminables en la celda de castigo. En la absoluta oscuridad de aquel calabozo, comprendió que la fuerza bruta no sería suficiente para derrocar a la reina del patio. Necesitaba astucia, paciencia y, sobre todo, una prueba irrefutable.

Cuando regresó al módulo común, Elena fingió sumisión. Consiguió que la destinaran al taller de lavandería, un lugar estratégico por donde circulaba todo el contrabando del penal. Durante semanas, soportó las burlas diarias de Begoña y sus aliadas, quienes creían haber doblegado su espíritu. Sin embargo, en secreto, Elena vigilaba cada movimiento, cada entrega y cada mirada cómplice entre Begoña y el inspector Torres, el jefe de seguridad corrupto.

Humillaron a una anciana indefensa en prisión sin saber con quién se metían

La oportunidad llegó una tarde lluviosa. Aprovechando el cambio de turno, Elena inspeccionó el fondo falso de los armarios de desinfectante. Allí descubrió un cuaderno de contabilidad manuscrito por la propia Begoña, detallando los pagos al inspector Torres y las entregas de mercancía prohibida. Era la prueba definitiva que destruiría todo el imperio criminal dentro de la prisión.

Pero la victoria duró poco. Al girarse para salir, Elena se encontró con la puerta bloqueada. Begoña y tres de sus secuaces entraron en el almacén, cerrando el cerrojo tras de sí. En sus manos sostenían punzones carcelarios improvisados.

—¿Pensabas que podías hurgar en mis cosas y salir limpia, conejita? —preguntó Begoña con una sonrisa gélida—. De aquí no sales caminando.

Elena, acorralada contra las estanterías de metal, sostuvo el cuaderno contra su pecho, sintiendo los latidos de su corazón acelerarse, pero sin rastro de temor en sus ojos.

De aquí no sales caminando.Elena, acorralada contra las estanterías de metal, sostuvo el cuaderno contra su pecho, sintiendo los latidos…