Huyendo de la ley por proteger a mi hija de su propio padre
Atrapadas en el desguace
La lluvia caía con una violencia implacable sobre el desguace de coches abandonados, convirtiendo el suelo en un lodazal resbaladizo. El frío de la noche madrileña calaba hasta los huesos, pero Clara apenas podía sentirlo; el terror que corría por sus venas era mucho más frío que la tormenta. Con una mano temblorosa, presionaba con fuerza la boca de su pequeña hija Mara, intentando acallar los sollozos de la niña. Mara, de apenas seis años, lucía un impermeable de un rojo brillante que ahora parecía la peor de las condenas: un faro de color en mitad de la oscuridad grisácea de aquel cementerio de metal.
A pocos metros de su escondite, los destellos azules de las patrullas policiales pintaban las siluetas de los coches oxidados con un ritmo frenético y fantasmal. Clara sintió un hilo de sangre cálida deslizarse por su sien izquierda, fruto del golpe que había recibido antes de escapar de casa. El dolor físico no era nada comparado con el pánico de ser descubierta. El sonido de unas botas pesadas aplastando la grava mojada la hizo encogerse aún más contra el guardabarros de un viejo turismo de color carmesí.

Dos agentes avanzaban lentamente, barriendo los rincones oscuros con potentes linternas. Sus haces de luz blanca cortaban la densa cortina de agua. Uno de los policías se detuvo, ajustándose el receptor de la radio en el hombro.
Tenemos que encontrarla antes de que sea demasiado tarde.
Las palabras del agente resonaron en el aire húmedo como una sentencia de muerte. Clara cerró los ojos con fuerza, abrazando el cuerpo tembloroso de su hija. Sabía que si las encontraban, no habría un juicio justo, ni protección, ni piedad. Aquellos hombres no buscaban imponer la ley; cumplían las órdenes directas de la persona que se suponía debía protegerlas, el hombre que ahora se había convertido en su cazador más implacable.
”Aquellos hombres no buscaban imponer la ley; cumplían las órdenes directas de la persona que se suponía debía protegerlas, el hombre que…