Una joven inocente sobrevive al infierno de la cárcel gracias a una inesperada protectora
El cielo de Madrid parecía haberse teñido de un gris plomizo, reflejando el frío cemento del patio de la prisión. Para Claudia, cada segundo en aquel lugar era una tortura psicológica. No pertenecía allí. Su mirada asustada y su postura encorvada delataban su inocencia a kilómetros de distancia, convirtiéndola en el blanco perfecto para las depredadoras del penal.
El peaje del patio
No tardó en comprobarlo. Sara, una reclusa veterana de mirada gélida y cabello castaño recogido en una coleta descuidada, la acorraló contra una pared de ladrillos húmedos. El olor a moho y a desesperación inundaba el ambiente. Sara se acercó tanto que Claudia pudo sentir su aliento hostil.

—No cruzas mi patio sin pagar el peaje —siseó Sara, con una sonrisa cargada de desprecio.
Claudia, temblando visiblemente, apenas pudo articular palabra. Sentía que el corazón le iba a salir del pecho.
—Ni siquiera sé qué significa eso —tartamudeó la joven, apretándose contra el muro helado.
Sara soltó una carcajada cruel y le hizo una seña a su cómplice para que la sujetara. Pero antes de que pudieran tocarla, una figura atlética y de cabello oscuro cortado al ras se interpuso en el camino. Era Blanco, una reclusa respetada por su silencio y su fuerza.
—Esto no es asunto tuyo, Blanco —ladró Sara, retrocediendo un paso por instinto.
—Entonces haz que lo sea —desafió Blanco, levantando los puños con una serenidad pasmosa.
La cómplice de Sara lanzó un golpe salvaje, pero Blanco la esquivó con la gracia de un boxeador experimentado y le asestó un golpe preciso en el estómago que la dejó de rodillas. El patio quedó en un silencio sepulcral. Mientras los murmullos de asombro recorrían el lugar, Blanco tomó a Claudia del brazo y la alejó de allí, dándole un último consejo de supervivencia:
—Pégate a la pared cuando pasen las funcionarias. Siempre.
”Mientras los murmullos de asombro recorrían el lugar, Blanco tomó a Claudia del brazo y la alejó de allí, dándole un último consejo de su…