La reclusa que demostró su inocencia tras enfrentarse a su peor enemiga
El sol de justicia caía sobre el patio de la prisión de Soto del Real, calentando el asfalto agrietado de la cancha de baloncesto. Sara, con su habitual coleta desaliñada y unos mechones de pelo rubio pegados a la frente por el sudor, se apoyaba con aparente calma contra la valla metálica. Llevaba un top deportivo oscuro que dejaba al descubierto los tatuajes de sus brazos, marcas de una vida que había cambiado drásticamente en los últimos años. A pesar de la hostilidad del ambiente, Sara intentaba mantener la mente fría, buscando en el horizonte un pedazo de cielo libre.
El desafío en el patio
De repente, el silencio del patio se rompió con el pesado caminar de Dolores. Con su camiseta gris sin mangas y sus pantalones azul marino, Dolores avanzaba flexionando sus imponentes hombros, decidida a marcar su territorio ante la mirada atenta de las demás reclusas. El murmullo de expectación no tardó en extenderse entre el grupo que observaba desde los márgenes de la cancha. Una de las aliadas de Dolores rompió el aire con un grito provocador:

¡No seas tímida, enséñales lo que sabes hacer. ¡Dale una paliza! ¡Vamos, Dolores!
Sin mediar palabra, Dolores se lanzó al ataque. Con la fuerza de un tren de mercancías, embistió a Sara, empujándola violentamente contra la reja metálica, que vibró con un eco metálico y seco. Sin embargo, Sara no era una presa fácil. Utilizando la propia inercia de su rival, giró sobre sus talones con una agilidad sorprendente. Con un agarre firme y preciso, volteó el cuerpo de Dolores y la proyectó contra el suelo de hormigón. El violento impacto de la robusta reclusa contra el suelo dejó al patio en un silencio sepulcral. Sara, sin perder la compostura, dio un paso atrás, recogió tranquilamente su balón de baloncesto y dejó claro que nadie volvería a pisarla.
”Sara, sin perder la compostura, dio un paso atrás, recogió tranquilamente su balón de baloncesto y dejó claro que nadie volvería a pisarla.