Venganza · Ficción breve

La guardia que me humilló en prisión no imaginaba quién vendría a rescatarme

La guardia que me humilló en prisión no imaginaba quién vendría a rescatarme — Parte 1
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El susurro interrumpido

El pasillo de la prisión de Soto del Real olía a desinfectante industrial y a desesperación. Bajo la luz parpadeante de los tubos fluorescentes, Sara sostenía el auricular de baquelita negra con una fuerza desmedida, como si aferrarse a ese trozo de plástico fuera lo único que la mantuviera unida al mundo exterior. Con la otra mano, acariciaba una pequeña fotografía arrugada, pegada con cinta adhesiva junto al teléfono público. En la imagen, su madre sonreía antes de que la enfermedad y la injusticia les arrebataran la felicidad.

Las lágrimas caían sin control por las mejillas de Sara mientras escuchaba la voz debilitada de su madre al otro lado de la línea.

La guardia que me humilló en prisión no imaginaba quién vendría a rescatarme
—Mamá, feliz cumpleaños —susurró con la voz quebrada, tratando de ocultar el dolor de su encierro.
—Gracias, cariño. Sabía que llamarías —respondió la anciana con un hilo de voz que transmitía una paz casi celestial.

Pero el momento de conexión duró un suspiro. Unos pasos pesados y decididos resonaron en el suelo de cemento. La oficial Begoña, una guardia de mirada gélida y uniforme azul marino impecable, se detuvo a su espalda. Con una mueca de absoluto desprecio, extendió su mano enguantada y presionó con fuerza el gancho del teléfono, cortando la llamada bruscamente.

—Se acabó el tiempo —declaró Begoña con una sonrisa burlona—. Seguramente tu familia se olvidó de ti hace mucho, Sara.

La provocación fue demasiado. Begoña, buscando una reacción violenta para justificar un castigo severo, lanzó un puñetazo directo al rostro de la joven. Pero Sara no era una reclusa común. Con un reflejo felino, bloqueó el impacto, contraatacó con dos golpes precisos en las costillas de la guardia y, con una patada certera, la mandó al suelo.

Mientras las otras reclusas observaban estupefactas, Sara recogió con calma el auricular que colgaba balanceándose y habló con infinita ternura al vacío del auricular:

—Lo siento, cariño, alguien ha colgado.

Con un reflejo felino, bloqueó el impacto, contraatacó con dos golpes precisos en las costillas de la guardia y, con una patada certera,…