Traición · Ficción breve

La guardiana de prisión que arriesgó todo para limpiar el nombre de su hermano

La guardiana de prisión que arriesgó todo para limpiar el nombre de su hermano — Parte 2
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Anteriormente: Sara, una implacable funcionaria de prisiones, se enfrenta a una peligrosa reclusa en el patio. Lo que parecía una simple provocación desata una red de corrupción que amenaza con destruir su vida.

El secreto bajo las sombras

Aquel enfrentamiento no había sido un simple arranque de indisciplina. Durante el breve forcejeo, mientras sostenía a Begoña por el cabello, la reclusa le había susurrado tres palabras que cambiaron el rumbo de su existencia: «Sé lo de Hugo». Hugo era el hermano de Sara, cuya muerte sospechosa dentro de esas mismas paredes había sido catalogada apresuradamente como un suicidio.

Decidida a obtener respuestas, Sara esperó a que cayera la noche. Aprovechando el cambio de guardia y utilizando una tarjeta de acceso que había clonado semanas atrás, se adentró en el sector de máxima seguridad. El silencio en el pasillo era sepulcral, interrumpido únicamente por el zumbido de los generadores eléctricos. Al llegar a la celda de Begoña, abrió la pesada puerta de hierro con cautela.

La guardiana de prisión que arriesgó todo para limpiar el nombre de su hermano

Begoña la esperaba sentada en la litera, con los ojos enrojecidos por la tensión. Ya no mostraba la arrogancia del patio.

«Tu hermano descubrió que el alcaide utiliza los conductos de ventilación para introducir cargamentos de droga en la prisión», confesó Begoña con voz temblorosa. «Él guardó las grabaciones de seguridad en un dispositivo USB y lo escondió dentro de la capilla del penal. Me dio la llave del sagrario antes de que lo silenciaran».

Antes de que Sara pudiera asimilar la revelación, las luces del pasillo parpadearon y se apagaron por completo, sumiendo el bloque en una oscuridad absoluta. De inmediato, el eco de unos pasos apresurados y el metálico sonido de defensas extensibles resonaron al final del corredor. No eran guardias ordinarios; eran los secuaces personales del alcaide, enviados para eliminar cualquier cabo suelto. Begoña se aferró al brazo de Sara, aterrorizada. El peligro era inminente y ya no había vía de escape aparente.

El peligro era inminente y ya no había vía de escape aparente.