Una joven indefensa es acorralada en prisión y otra reclusa arriesga todo por salvarla
Anteriormente: Cuando Claudia ingresó en prisión por un delito que no cometió, pensó que su vida había terminado. En el patio, la temible Sara la acorró, pero una inesperada protectora apareció para cambiar las reglas del juego.
Un pacto sellado en la oscuridad
Durante las semanas siguientes, Blanco se convirtió en el escudo invisible de Claudia. Nadie se atrevía a acercarse a ella mientras la imponente reclusa estuviera cerca. Sin embargo, en Cruz del Sur, la protección gratuita no existía, y Claudia vivía con el temor constante de descubrir qué precio le exigiría su salvadora. La respuesta llegó una noche de tormenta, cuando Blanco logró burlar la seguridad y colarse en la celda de Claudia justo antes del cierre de seguridad.
El rostro de Blanco, usualmente una máscara de piedra, reflejaba una urgencia desesperada. Se sentó en la litera y miró fijamente a Claudia antes de hablar en un susurro apenas audible.

—Tu exjefe no quiere dejar cabos sueltos, Claudia —reveló Blanco—. Sabe que tienes las pruebas de su fraude en un lugar seguro fuera de aquí. Ha pagado una fortuna a Sara para que te elimine mañana mismo.
Claudia sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El miedo la paralizó, pero la siguiente revelación de Blanco la dejó aún más estupefacta.
—No te defiendo por caridad —confesó Blanco, con los ojos empañados—. Mi hermana pequeña era la anterior contable de esa empresa. Ella murió en un supuesto accidente de coche tras descubrir el desfalco. Me hice encarcelar a propósito para encontrar pruebas y vengar su muerte. Ahora, tú eres mi única oportunidad de hacer justicia.
Blanco propuso un plan de escape audaz: debían provocar un altercado controlado en el taller de costura para ser trasladadas al módulo de aislamiento, desde donde Blanco ya había planeado una salida a través de los conductos de mantenimiento. Sin embargo, el destino se les adelantó. Al día siguiente, un motín masivo estalló en la prisión. El caos se apoderó de los pasillos y el humo negro comenzó a invadir el taller de costura, bloqueando las salidas principales.
De repente, de entre la densa humareda, surgió la silueta de Sara, armada con un destornillador afilado y flanqueada por sus secuaces. Las intenciones de su mirada eran letales.
—Hoy se acaba tu suerte, Blanco —siseó Sara, avanzando con el arma en alto—. Y tu protegida irá contigo al infierno.
”Y tu protegida irá contigo al infierno.