La niña que me pidió ayuda por mi tatuaje y reveló un secreto familiar
Anteriormente: Martín descansaba en una cafetería de carretera cuando una niña asustada se le acercó. Al ver el tatuaje de su mano, la pequeña le reveló un secreto que cambiaría su vida para siempre.
La sombra del peligro
El nombre de Sara resonó en la mente de Martín como un eco del pasado. Era la mujer a la que había amado con locura y que había desaparecido de su vida hacía diez años sin dejar rastro, justo cuando las deudas de juego de su hermano habían puesto en peligro a toda la familia. Antes de que pudiera asimilar el impacto de la revelación, el hombre de la barra, al que la niña llamaba Eduardo, se plantó ante su mesa con el rostro desencajado por la rabia.
—¡Lucía! ¿Qué te he dicho de hablar con extraños? ¡Nos vamos ahora mismo! —bramó Eduardo, agarrando a la niña del brazo con fuerza desmedida.
Martín se puso de pie de un salto, interponiendo su imponente figura entre el agresor y la pequeña. Su mano derecha, la del lobo tatuado, se cerró sobre la muñeca de Eduardo con una fuerza de acero, obligándolo a soltar a Lucía.

—La niña se queda aquí. Y tú vas a darme muchas explicaciones —dijo Martín con una calma gélida que resultaba más aterradora que cualquier grito.
Eduardo, viéndose acorralado, retrocedió un paso y sacó un cuchillo de su cazadora. Los pocos clientes del local gritaron y el camarero se agachó tras la barra para llamar a la policía. Sin embargo, Martín no se amedrentó. Sabía que cada segundo contaba para salvar a Sara.
—No sabes dónde te estás metiendo, camionero —siseó Eduardo, lanzando una estocada rápida—. Sara nos debe una fortuna. Si no entrega las escrituras de la casa de su familia esta noche, no volverá a ver a su preciosa hija.
Al oír el plan de secuestro y extorsión, la furia de Martín se desató. Esquivó el ataque con la agilidad de quien ha vivido mil batallas en su juventud. Con un movimiento preciso de defensa personal, desarmó a Eduardo, retorciéndole el brazo a la espalda y estampándolo contra la mesa de formica. El cuchillo cayó al suelo con un tintineo metálico.
—¿Dónde está Sara? —le exigió Martín, presionando el brazo de Eduardo hasta hacerlo gemir de dolor—. ¡Habla si no quieres que te rompa el brazo aquí mismo!
—¡En la vieja serrería abandonada, a tres kilómetros de aquí! —chilló Eduardo, quebrado por el dolor—. ¡Pero no vayas solo, hay dos hombres más con ella!
”¡Pero no vayas solo, hay dos hombres más con ella!