Venganza · Historia

La novata que todos subestimaron en prisión y el secreto que lo cambió todo

La novata que todos subestimaron en prisión y el secreto que lo cambió todo — Parte 1
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El violento bautizo de la novata

El aire en el módulo de mujeres de la prisión de Cruz del Sur siempre olía a desinfectante industrial y a miedo acumulado. Para Sara, una joven de veintidós años con el cabello rubio platino y una mirada que aún conservaba la inocencia del exterior, cada segundo tras aquellos muros de hormigón era una tortura. Su constitución delgada la convertía de inmediato en el blanco perfecto para las veteranas que buscaban imponer su ley a base de infundir terror en las recién llegadas.

Carla, una reclusa corpulenta de unos treinta años con un moño oscuro y desordenado, lideraba el sector con una crueldad silenciosa. No pasó mucho tiempo antes de que decidiera marcar su territorio. Mientras Sara intentaba descansar en la litera superior de su celda, sintió unas manos rudas aferrarse a su ropa con una fuerza descomunal. Sin mediar palabra, Carla la arrastró violentamente hacia el vacío, haciéndola impactar con dureza contra el frío y sucio suelo de cemento.

La novata que todos subestimaron en prisión y el secreto que lo cambió todo

El golpe dejó a Sara sin respiración durante unos instantes eternos. Carla se sentó en la litera inferior, contemplando su obra con una sonrisa cargada de desprecio.

«El suelo es tuyo, novata», sentenció Carla, esperando ver las lágrimas de sumisión que solían acompañar a las nuevas.

Sin embargo, Sara no era como las demás. Lentamente, apoyando sus manos sobre el hormigón húmedo, se levantó con una intensidad feroz brillando en sus ojos. Limpiándose un hilo de sangre de la comisura de los labios, clavó su mirada en su agresora.

«Gran error, perra», escupió Sara con una frialdad que congeló el ambiente.

Carla rugió enfurecida y se abalanzó sobre ella dispuesta a destrozarla, pero la agilidad de la joven superó la fuerza bruta. Con un quiebro rápido, Sara esquivó la embestida, conectando dos golpes secos en las costillas de Carla que la dejaron sin aire. Con un movimiento fluido, la rubia la tomó por la espalda y estampó su rostro contra el suelo. Arrodillándose sobre ella, le inmovilizó el brazo con una llave perfecta, susurrándole al oído antes de soltarla:

«Disfruta del suelo».

Arrodillándose sobre ella, le inmovilizó el brazo con una llave perfecta, susurrándole al oído antes de soltarla:«Disfruta del suelo».