Segundas oportunidades · Ficción breve

La presa más peligrosa arriesgó su libertad para salvar a una anciana indefensa

La presa más peligrosa arriesgó su libertad para salvar a una anciana indefensa — Parte 1
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El rescate en las sombras de la cocina

El aire en la cocina de la prisión de San Pedro siempre olía a grasa rancia, humedad acumulada y un desinfectante industrial tan fuerte que quemaba las fosas nasales. Era el último turno de limpieza, un momento peligroso donde los guardias solían retirarse a sus cabinas de seguridad, dejando a las reclusas a su suerte. Margarita, una mujer de sesenta y dos años con el cabello rubio ceniza recogido en una trenza descuidada, restregaba los fogones con manos temblorosas. Su ropa deportiva gris, el uniforme de las presas comunes, le quedaba grande, acentuando su fragilidad.

De repente, una sombra enorme se proyectó sobre ella. Olga, una reclusa pelirroja de complexión robusta y mirada sádica, la empujó violentamente contra la rejilla metálica que dividía la despensa. El impacto metálico resonó en el húmedo espacio. Olga sonrió, mostrando un diente de oro, dispuesta a cobrarse una vieja deuda de intimidación.

La presa más peligrosa arriesgó su libertad para salvar a una anciana indefensa
«¿Te crees muy lista, anciana? Aquí dentro no eres nadie», siseó Olga, acorralándola sin dejarle espacio para respirar.

Margarita cerró los ojos, esperando el primer golpe. Pero el golpe nunca llegó para ella. Desde el otro extremo de la cocina, Jara, una joven de veintiocho años con el cuello cubierto de tatuajes oscuros y una mirada de acero, corrió en absoluto silencio. Con un movimiento rápido y preciso, Jara levantó un pesado balde de metal que se utilizaba para fregar el suelo y lo estampó con una fuerza brutal sobre la cabeza de Olga.

El sonido sordo del metal contra el cráneo fue ensordecedor. Olga retrocedió tambaleándose, arrancándose el balde de la cabeza con un rugido de rabia ciega. Sin embargo, Jara no le dio tiempo a recuperarse. Con una velocidad asombrosa, desató una ráfaga de golpes demoledores directos al rostro y al abdomen de la agresora. Olga se desplomó pesadamente sobre el cemento frío de la cocina.

Jara se arrodilló sobre ella, le sujetó el cabello rojo con fuerza, obligándola a mirarla, y le susurró con desprecio:

«Que no vuelva a pillarte cerca de ella, basura.»

Olga se desplomó pesadamente sobre el cemento frío de la cocina.Jara se arrodilló sobre ella, le sujetó el cabello rojo con fuerza, oblig…