La promesa que hice tras las rejas para salvar a una madre inocente
Anteriormente: En el rincón más oscuro de la prisión, Sara arriesga su propia vida para proteger a Clara, una anciana indefensa, revelando un secreto que cambiará el destino de ambas para siempre.
Tras el violento incidente en el comedor, el castigo no se hizo esperar. Mientras Clara era trasladada de urgencia a la enfermería del penal, Sara fue arrastrada por tres guardias hacia las celdas de aislamiento en el sótano del edificio. La oscuridad de la celda de castigo era casi absoluta, interrumpida únicamente por el goteo constante de una tubería lejana. Sin embargo, el verdadero peligro no residía en el aislamiento físico, sino en los secretos que estaban a punto de salir a la luz.
A medianoche, el cerrojo de la celda crujió. Para sorpresa de Sara, no era un guardia común el que abría la puerta, sino la inspectora jefa Mendoza, la máxima autoridad de seguridad del penal. Mendoza entró con paso firme, sosteniendo una carpeta de cuero bajo el brazo y exhibiendo una sonrisa que helaba la sangre de cualquiera.

El precio de la lealtad
Mendoza se inclinó hacia Sara, su aliento frío rozando el oído de la joven. Sus palabras revelaron una red de corrupción que iba mucho más allá de una simple disputa carcelaria.
No eres más que una ingenua, Sara. ¿De verdad crees que estás salvando a una pobre anciana? El hijo de Clara robó una fortuna a las personas equivocadas, personas que financian mi estilo de vida exterior. Ella está aquí para pagar esa deuda con su vida, y tú acabas de firmar tu propia sentencia al interferir.
La revelación dejó a Sara sin respiración. La agresión de Begoña no había sido un arrebato de ira casual, sino un intento de asesinato encubierto y ordenado desde las altas esferas de la prisión. Al amanecer, Sara fue liberada del aislamiento y devuelta al módulo común, pero la desesperación se apoderó de ella al ver que la litera de Clara estaba vacía.
Una reclusa de confianza se le acercó temblando y le susurró que Begoña y sus cómplices se habían llevado a Clara a las duchas del subsuelo, un área ciega para las cámaras de seguridad. Sin dudarlo, Sara corrió por los pasillos subterráneos, consciente de que cada segundo contaba. Al llegar, descubrió que la pesada puerta de hierro de las duchas estaba bloqueada desde el interior. Los gritos ahogados de Clara y el vapor del agua caliente confirmaban que el final estaba cerca. Armada únicamente con un extintor de incendios, Sara comenzó a golpear la cerradura con todas sus fuerzas.
”Armada únicamente con un extintor de incendios, Sara comenzó a golpear la cerradura con todas sus fuerzas.