La protegí de las presas más peligrosas sin saber quién era realmente
Anteriormente: Cuando Sara defendió a Lidia en el patio de la prisión, no imaginaba que la joven novata escondía un secreto familiar que podría devolverle la libertad o costarle la vida.
Una verdad peligrosa
Tras el violento altercado en el patio, Sara arrastró a Lidia hasta las duchas del pabellón sur, un lugar temporalmente seguro antes de que las guardias comenzaran el recuento vespertino. Lidia, aún temblando por el agua helada y el shock, miraba a su salvadora con una mezcla de gratitud y pánico. Sabía que Begoña no perdonaba, y que la intervención de Sara solo había pospuesto una ejecución inevitable.
—No debiste meterte, Sara —murmuró Lidia, abrazándose las rodillas—. Begoña no actúa sola. Ella recibe órdenes de arriba. Si te ven conmigo, te destruirán.

Sara, que vigilaba la entrada de las duchas con la mandíbula apretada, se giró hacia ella. Su mirada penetrante exigía respuestas inmediatas. Sabía que nadie arriesgaba su vida en prisión por un simple capricho de matones.
—¿De qué estás hablando, Lidia? ¿Por qué te buscaba Begoña? Aquí nadie se mueve sin una razón de peso —inquirió Sara con voz grave.
Lidia vaciló, pero al ver la determinación en los ojos de Sara, decidió confesar el secreto que la estaba matando por dentro. Se acercó y, en un hilo de voz, reveló una conspiración que implicaba directamente al alcaide de la prisión, Don Julián.
—Mi padre era el contable de su red de contrabando fuera de estos muros. Lo mataron para silenciarlo, pero antes de morir, me dio la ubicación de unos documentos que demuestran cómo el alcaide utiliza esta cárcel para lavar dinero. Y hay algo más, Sara... En esos papeles está el nombre del verdadero asesino de tu hermano Lucas. El alcaide lo culpó de un robo que nunca cometió para protegerse.
Las palabras de Lidia cayeron como un jarro de agua fría sobre Sara. Su hermano Lucas había muerto supuestamente de una sobredosis en una celda de aislamiento hacía dos años. Ella siempre había sospechado que lo habían asesinado para tapar un secreto de la directiva, pero nunca había tenido pruebas. Ahora, la verdad estaba al alcance de su mano, escondida dentro de la biblioteca de la prisión.
Sin embargo, el destino no les daría tregua. Esa misma noche, la celda de Sara se abrió con un estruendo metálico. Dos guardias corruptos la sacaron a rastras del jergón, llevándola directamente al despacho del alcaide, donde Begoña la esperaba con una sonrisa de victoria.
”Dos guardias corruptos la sacaron a rastras del jergón, llevándola directamente al despacho del alcaide, donde Begoña la esperaba con una…