La reclusa más temida arriesgó su vida por salvarme y luego confesó la verdad
Anteriormente: Cuando Lidia entró en la prisión de Cruz del Norte, pensó que no sobreviviría al primer día. Pero tras un brutal ataque en el patio bajo la lluvia, una protectora inesperada cambió su destino para siempre.
Lazos de sangre en la oscuridad
Tras el violento altercado en el patio, el ambiente en el módulo de mujeres se volvió insoportable. Begoña había sido trasladada a la enfermería con una costilla rota, pero sus aliadas juraron venganza. Lidia pasó las siguientes horas temblando en su litera, incapaz de conciliar el sueño, esperando que en cualquier momento la puerta de su celda se abriera para cobrar la deuda de sangre.
A mitad de la noche, un leve chasquido metálico interrumpió el silencio del bloque. Lidia se incorporó de golpe, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Para su sorpresa, la silueta que se deslizó al interior de la celda no era la de una enemiga, sino la de Sara. La veterana reclusa cerró la puerta con sigilo y se sentó en el borde de la litera inferior, mirándola con una intensidad que desconcertó a la joven.

—Sé que estás muerta de miedo, Lidia —susurró Sara, con una suavidad que nadie en la prisión creería posible en ella—. Pero necesito que me escuches con atención. No te salvé hoy por simple compasión.
Sara metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y extrajo una vieja fotografía desgastada por las esquinas. Se la tendió a Lidia, quien la tomó con manos temblorosas. En la imagen aparecía una mujer joven y sonriente que Lidia reconoció de inmediato: era su madre, fallecida hacía cinco años. A su lado, la mujer sostenía a una pequeña niña con los mismos ojos penetrantes de Sara.
—Nuestra madre me entregó en adopción cuando era apenas una bebé, antes de que tú nacieras —reveló Sara, con la voz quebrada por la emoción—. Llevo años buscándote, y cuando me enteré de que habías caído en este infierno, supe que tenía que protegerte a toda costa.
La revelación dejó a Lidia sin palabras, pero el verdadero golpe estaba por llegar. Sara se inclinó más hacia ella, con una expresión de profunda amargura en el rostro. Le confesó que el hombre que la había incriminado y enviado a prisión, su prometido Mateo, era el mismo estafador que tres años atrás había usado y traicionado a Sara para salvar su propio pellejo, enviándola a la cárcel con cargos falsos de tráfico de divisas.
”Le confesó que el hombre que la había incriminado y enviado a prisión, su prometido Mateo, era el mismo estafador que tres años atrás hab…