Segundas oportunidades · Ficción breve

La reclusa que arriesgó su libertad para salvar a una anciana indefensa

La reclusa que arriesgó su libertad para salvar a una anciana indefensa — Parte 1
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El estallido en la cocina industrial

El aire en la cocina de la prisión provincial de Cruz del Sur era irrespirable. Una densa neblina de vapor con olor a col y desinfectante barato flotaba bajo los parpadeantes tubos fluorescentes. Las presas trabajaban en silencio, con la mirada baja, sabiendo que cualquier chispa podía provocar un incendio en aquel polvorín de cemento y rejas. En el centro de la sala, junto a una enorme olla de hierro donde hervía la sopa del almuerzo, la tensión finalmente estalló.

Begoña, una reclusa robusta y temida por su crueldad despiadada, acorraló a Celia contra la estructura metálica. Celia, una anciana frágil que apenas llevaba una semana en el centro penitenciario, temblaba como una hoja seca. Con un empujón brutal, Begoña inclinó el cuerpo de la anciana sobre el vapor ardiente de la olla, amenazando con sumergirla. Las demás reclusas retrocedieron, aterrorizadas, fingiendo no ver la injusticia que se cometía ante sus ojos.

La reclusa que arriesgó su libertad para salvar a una anciana indefensa

Fue en ese instante cuando Sandra intervino. Con su complexión atlética, sus trenzas oscuras y los tatuajes que trepaban por su cuello, Sandra no era de las que se amedrentaban. Cruzó la cocina a zancadas y agarró a Begoña por el hombro, apartándola violentamente de la anciana. Begoña, enfurecida por la interrupción, se giró lanzando un puñetazo salvaje que Sandra esquivó con la agilidad de una boxeadora experimentada.

La respuesta de Sandra fue implacable. Bloqueó un segundo golpe y desató una ráfaga precisa de puñetazos directos al pecho de Begoña, derribando a la gigante sobre el frío suelo de cemento. El estruendo del cuerpo al caer silenció la cocina por completo. Sandra dio un paso al frente y colocó su zapatilla blanca firmemente sobre el pecho de la derrotada, inclinándose con una mirada que destilaba puro hielo.

—Que no vuelva a verte acosándola —sentenció Sandra con voz baja y amenazante.

—Que no vuelva a verte acosándola —sentenció Sandra con voz baja y amenazante.