La reclusa que arriesgó su libertad para salvar a una anciana indefensa
Anteriormente: Sandra no toleraba las injusticias, pero defender a la frágil Celia de la matona de la prisión desataría una cadena de secretos que cambiaría su destino para siempre.
Un secreto entre rejas
La victoria en la cocina fue tan dulce como efímera. En un lugar como Cruz del Sur, humillar a la líder del pabellón equivalía a firmar una sentencia de muerte no declarada. Esa misma noche, durante el recuento de celdas, el silencio del corredor se vio interrumpido por el leve susurro de Celia. Desde la celda contigua, la anciana estiró su brazo tembloroso a través de los barrotes para entregarle a Sandra un pequeño fajo de papeles oculto en un doblez de su uniforme.
«Tienes que esconder esto, Sandra. Es mi seguro de vida, y ahora también el tuyo», susurró la anciana con lágrimas en los ojos. Al desdoblar los documentos bajo la pálida luz de la luna que entraba por la rendija, Sandra comprendió la magnitud del peligro. No se trataba de contrabando común. Aquellas páginas contenían un registro detallado de las transferencias bancarias que vinculaban al director del penal con una red de desvío de fondos públicos, utilizando a Begoña como la cobradora interna.

La mañana siguiente comenzó con una atmósfera cargada de hostilidad. Mientras las reclusas salían al patio, una alarma inesperada resonó por los altavoces. Se ordenó un confinamiento inmediato para una requisa extraordinaria de seguridad. Sandra vio con horror cómo el subdirector del centro, acompañado por dos guardias de confianza de Begoña, se dirigía directamente hacia su celda. Al fondo del pasillo, Begoña la observaba con una sonrisa de triunfo absoluto, sabiendo que el hallazgo de esos documentos significaría el aislamiento perpetuo para Sandra y el fin de Celia.
El subdirector ordenó registrar cada rincón, destrozando el colchón y vaciando los pocos enseres de Sandra en el suelo. La tensión era insoportable. Sandra guardaba el papel en el bolsillo de su sudadera, sabiendo que el cacheo corporal era inminente y que no tenía escapatoria.
”Sandra guardaba el papel en el bolsillo de su sudadera, sabiendo que el cacheo corporal era inminente y que no tenía escapatoria.