Venganza · Ficción breve

La reclusa que intentó destruirme en prisión descubrió mi verdadero secreto

La reclusa que intentó destruirme en prisión descubrió mi verdadero secreto — Parte 1
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El patio de la prisión de Valdemoro siempre olía a humedad, lejía barata y desesperación. Aquella tarde, el sol caía a plomo sobre las cuerdas de la lavandería, donde las sábanas blancas colgadas actuaban como improvisados muros de tela. Entre ese laberinto húmedo, Ámbar, una joven recién llegada que apenas asimilaba su nueva realidad, doblaba la ropa con manos temblorosas. No vio la sombra que se cernía sobre ella.

Tamara, una reclusa rubia de complexión fuerte y conocida por su brutalidad, avanzó sigilosamente por detrás. En su mano derecha empuñaba un pesado tablón de madera recuperado de los talleres de mantenimiento. Sin mediar palabra, descargó el golpe seco sobre la espalda de Ámbar, quien se desplomó al instante sobre el cemento caliente, soltando un gemido ahogado.

La reclusa que intentó destruirme en prisión descubrió mi verdadero secreto

A pocos metros, Amparo, una veterana reclusa vestida con un uniforme gris que denotaba su estatus de privilegio e impunidad, comenzó a señalar a la víctima mientras reía a carcajadas. Tamara, erigiéndose sobre la joven indefensa, exclamó con prepotencia:

—Esa es la nueva. ¡Ahora es mía!

La tensión en el patio se podía cortar con un cuchillo. Fue entonces cuando Vanesa, con su característico cabello castaño recogido en una trenza de espiga, cruzó decidida el laberinto de sábanas. Al verla avanzar con paso firme, Tamara abandonó a su presa y se abalanzó sobre ella con un rugido de rabia, lanzando un puñetazo directo a su rostro.

Pero Vanesa no era una presa fácil. Con una agilidad asombrosa, esquivó el ataque, bloqueó el siguiente golpe con precisión milimétrica y conectó una serie de impactos rápidos en el torso de su oponente. Antes de que Tamara pudiera asimilar el contraataque, Vanesa la sujetó del brazo y, aprovechando su propia inercia, la estampó contra el hormigón. El golpe contra el suelo silenció el patio de inmediato.

Mientras Tamara yacía derrotada, una voz firme y anónima resonó entre el grupo de reclusas que observaban la escena:

—Ella no le pertenece a nadie.

Vanesa miró a su alrededor con calma fría, se dio la vuelta y se alejó sin mirar atrás, dejando claro que el orden de poder en la prisión acababa de cambiar.

El golpe contra el suelo silenció el patio de inmediato.Mientras Tamara yacía derrotada, una voz firme y anónima resonó entre el grupo de…