Venganza · Ficción breve

La reclusa que soportó el infierno tras las rejas para cobrar su dulce venganza

La reclusa que soportó el infierno tras las rejas para cobrar su dulce venganza — Parte 1
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El infierno de polvo y piedra

El sol de mediodía caía sin piedad sobre el patio de la prisión de Brieva, levantando una neblina de calor que distorsionaba las siluetas de las reclusas. El aire era denso, impregnado de polvo y del olor a metal oxidado de las altas vallas que rodeaban el recinto. Ámbar, con su figura delgada y el uniforme deportivo gris cubierto de sudor, paleaba grava en una esquina apartada. Cada movimiento le costaba un esfuerzo sobrehumano, pero sabía que mantener la cabeza baja era su única estrategia de supervivencia.

Sin embargo, en un lugar gobernado por la ley del más fuerte, la debilidad aparente es una provocación. De repente, una sombra imponente se proyectó sobre ella. Antes de que Ámbar pudiera reaccionar, Dolores, una reclusa de hombros anchos y temible reputación, la embistió con brutalidad. El impacto la arrojó al suelo polvoriento. Ámbar, impulsada por un puro instinto de supervivencia, luchó ferozmente, arañando la tierra y tratando de zafarse del agarre de su agresora, pero la fuerza física de Dolores era abrumadora.

La reclusa que soportó el infierno tras las rejas para cobrar su dulce venganza

Con un desprecio absoluto, Dolores arrastró a Ámbar hacia el montón de piedras afiladas y, con un movimiento violento, le hundió el rostro en la grava. El dolor fue inmediato y agudo; las piedras cortaron la piel de sus mejillas, mezclando la sangre con la tierra seca. Las risas crueles del séquito de Dolores resonaron en el patio, celebrando la humillación.

Dolores se irguió sobre ella, mirándola con una mueca de satisfacción sádica. Se inclinó despacio, disfrutando de la sumisión de su víctima, y pronunció con voz sibilante:

He oído que fuera eras alguien importante. Aquí pareces una conejita asustada.

Pero la respuesta no fue el llanto que Dolores esperaba. Lentamente, Ámbar levantó la cabeza. Con el rostro cubierto de polvo y sangre, fijó sus ojos en su rival. No había miedo en ellos; solo un fuego frío, una determinación inquebrantable que hizo que la risa de las demás reclusas se apagara lentamente en el aire caliente del patio.

No había miedo en ellos; solo un fuego frío, una determinación inquebrantable que hizo que la risa de las demás reclusas se apagara lenta…