La traición entre rejas que obligó a Juana a luchar por su vida
El patio de los sacrificios
El sol de mediodía caía como plomo derretido sobre el patio de la prisión de Cruz del Sur. El aire era denso, impregnado de polvo y del olor a asfalto recalentado. Para Juana, cada día en aquel lugar era una batalla de desgaste, pero se negaba a doblegarse. A su lado, Sara, una joven reclusa que se había convertido en su único apoyo, se arrodilló para atarse el cordón de su zapatilla deportiva, ajena al peligro que se cernía sobre ellas.
De repente, una sombra se proyectó sobre la arena. Begoña, una mujer de complexión imponente y mirada fría, sostenía un gastado balón de voleibol. Con un movimiento rápido y malintencionado, metió el pie para hacer tropezar a Sara, quien cayó pesadamente al suelo. Las risas de Begoña resonaron secas en el patio:

—El poste ha dado justo donde debía, ¿verdad? —dijo con desprecio.
Antes de que Juana pudiera auxiliar a su amiga, Carla se interpuso en su camino. Con las facciones tensas y una sonrisa desafiante, la encaró directamente, buscando el estallido de violencia que los guardias tanto esperaban para justificar un aislamiento.
—Te gusta jugar sucio, ¿verdad? —siseó Carla, antes de abalanzarse sobre ella—. ¡Tírala al suelo!
La tensión estalló. Con una agilidad pulida en años de autodefensa, Juana esquivó el primer intento de agarre de Carla. Begoña cargó con toda su fuerza, pero Juana leyó el movimiento al instante. Bloqueó la embestida, conectó un rodillazo preciso en el abdomen de su atacante y remató con un golpe directo que mandó a Begoña al suelo, levantando una nube de polvo. Juana se irguió, victoriosa y desafiante, bajo la mirada atónita de las demás reclusas.
”Juana se irguió, victoriosa y desafiante, bajo la mirada atónita de las demás reclusas.