La traición entre rejas que obligó a Juana a luchar por su vida
Anteriormente: Juana pensaba que sobrevivir en prisión era su único problema, hasta que una emboscada en el patio reveló una conspiración mucho más oscura que amenazaba con destruirla para siempre.
Secretos en la penumbra
El silencio de la noche carcelaria era engañoso. Horas después del altercado en el patio, Juana permanecía alerta en su litera. Sabía que las acciones de Carla y Begoña no era una simple rabieta de patio; había algo mucho más oscuro detrás. Sus sospechas se confirmaron cuando la cerradura de su celda hizo un leve ruido y una figura delgada se deslizó hacia el interior. Era Carla, pero ya no mostraba la arrogancia de la tarde; sus ojos reflejaban un pánico absoluto.
—No tenemos mucho tiempo, Juana —susurró Carla, vigilando el pasillo—. Lo del patio fue una orden. El inspector Bermúdez nos pagó para provocar una pelea y tener la excusa perfecta para tu traslado.
Juana se incorporó lentamente, sintiendo cómo la adrenalina volvía a recorrer sus venas. El inspector Bermúdez era el policía corrupto que había fabricado las pruebas falsas que la habían condenado. Si la trasladaban a la prisión de máxima seguridad del norte, desaparecería del mapa para siempre.

—¿Por qué me cuentas esto ahora? —preguntó Juana con desconfianza.
Carla le entregó un papel arrugado con una serie de números escritos a toda prisa. Le explicó que Bermúdez planeaba silenciarla definitivamente en el próximo traslado, pero que en la caja fuerte del despacho del alcaide aún se conservaban las grabaciones originales y los documentos que demostraban la falsedad de su caso. Era su única oportunidad: debían entrar esa misma noche.
Con la ayuda de Sara, quien se ofreció a provocar un cortocircuito en el sistema eléctrico del ala oeste para desactivar las cámaras de seguridad durante diez minutos exactos, Juana planeó la incursión. El riesgo era extremo: si fallaban, se enfrentarían a cargos de intento de fuga y a una condena perpetua en régimen de aislamiento absoluto.
”El riesgo era extremo: si fallaban, se enfrentarían a cargos de intento de fuga y a una condena perpetua en régimen de aislamiento absoluto.