Venganza · Historia

La traición que me llevó tras las rejas y la pelea que cambió mi destino

La traición que me llevó tras las rejas y la pelea que cambió mi destino — Parte 2
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Anteriormente: Estela pensó que lo había perdido todo al ser traicionada por su propia familia. Sin embargo, en el rincón más oscuro de la prisión yarda, descubrió que la verdadera fuerza nace de la adversidad.

La sombra de la traición nocturna

La victoria en el patio de la prisión no trajo la paz para Estela, sino una tensa calma que presagiaba lo peor. Ella sabía que Beatriz no era más que un peón en un tablero mucho más grande y peligroso. Detrás de cada ataque, de cada mirada de desprecio y de la complicidad de los guardias, se encontraba la alargada sombra de su hermana Alicia, quien disfrutaba de la fortuna familiar en el exterior a costa de su libertad.

Aquella misma noche, la premonición de Estela se materializó de la forma más oscura. A las tres de la madrugada, un silencio artificial se apoderó de la galería de celdas cuando las luces de emergencia se apagaron por completo. Estela, que dormía con un ojo abierto, se incorporó de inmediato al escuchar el sutil pero inconfundible chirrido de la cerradura electrónica de su celda. Alguien con acceso total al sistema de seguridad la estaba abriendo desde el exterior.

La traición que me llevó tras las rejas y la pelea que cambió mi destino

La pesada puerta metálica se deslizó lentamente, revelando la silueta de un hombre alto y robusto. No era una reclusa buscando venganza, sino el inspector Mendoza, el jefe de seguridad del penal, cuya reputación de corrupto era un secreto a voces entre la población carcelaria. En su mano derecha sostenía un objeto metálico que brillaba tenuemente bajo la luz de la luna que se filtraba por el ventanuco.

Beatriz solo era el calentamiento, Estela. Tu hermana ha duplicado la tarifa esta tarde, y de esta noche no sales viva de aquí.

Las palabras de Mendoza confirmaron las peores sospechas de Estela. Su propia hermana había pagado para que la asesinaran dentro de su celda, simulando un trágico altercado nocturno. Acorralada en un espacio reducido de apenas tres metros cuadrados, sin armas y frente a un hombre armado y con total impunidad, las posibilidades de supervivencia de Estela parecían nulas. Sin embargo, en lugar de entregarse al pánico, una fría determinación se encendió en su pecho. Si iba a morir esa noche, se aseguraría de llevarse a sus verdugos con ella.

Si iba a morir esa noche, se aseguraría de llevarse a sus verdugos con ella.